viernes, 27 de diciembre de 2013

Nazis de la gramática

En el mundo anglosajón se conoce como grammar nazis a los “guardianes de la lengua” que se dedican a censurar a todo aquél que se salga de las normas estipuladas por los eruditos del lenguaje. Aunque a veces pueda usarse, cayendo en el mismo error, hacia aquéllos que deciden escribir respetando escrupulosamente la normativa en todos los contextos comunicativos (incluyendo sms, chats, etc), en general refiere a la actitud arrogante de quienes corrigen y critican a los demás cada vez que no utilizan una gramática que consideran adecuada. 

Por supuesto, no meto toda “corrección” en el mismo saco, pues como en todo puede haber diferentes grados e intenciones. Por ejemplo, si un amigo viste de una forma que te parece poco favorecedora, no me parecería ninguna falta de respeto que le hicieras puntualmente alguna sugerencia o comentario constructivo, sin creerte por ello que tu criterio estético es más válido que el suyo. Pero lo irrespetuoso, a mis ojos, es criticar su vestimenta desacreditando su criterio por salirse de la norma, humillarlo o burlarte de él por no seguir la moda o normas estéticas del momento, o insistir en unas críticas a su imagen pese a haberte pedido que dejes de hacerlas. Análogamente, veo normal que le puedas sugerir a alguien la forma normativa de escribir algo, por si acaso su intención es seguir esa norma y por tanto ha cometido un error de acuerdo a sus pretensiones, pero no insistir si ha dejado claro que no le interesa seguir la ortografía normativa. Asimismo, pedir una “ortografía de mínimos” en determinadas comunidades virtuales como foros de debate lo veo pertinente para posibilitar una comunicación óptima, pero más como una petición que como una exigencia, pues la intención comunicativa no es algo que en la mayoría de los casos puedas evaluar de acuerdo a su ortografía y estilo narrativo (a algunos puede costarles mucho escribir de una forma “no caótica” a ojos de la mayoría mientras que a otros les saldría espontáneamente un discurso ameno y ordenado para los demás). 


Aunque en sí esta actitud quisquillosa y de acecho me genera rechazo, me lo genera más aún la forma en que a menudo es utilizada: como contraargumento. Cuando alguien opina algo con lo que otra persona está en desacuerdo, es común atacar a su ortografía en vez de a sus argumentos. Esto no es más que una forma del famoso argumento ad hominem, un tipo de falacia consistente en dar por sentada la falsedad de un argumento en base a quién es la persona que lo emite, es decir, por medio de desacreditar al mensajero, en vez de al mensaje; en este caso, a la ortografía del mensajero en su mensaje. 

Semejante contraargumento para mí deja más en evidencia al crítico que al criticado, mostrando lo que parece una carencia de argumentos reales, además de una actitud despreciativa y elitista. 

Lo que más me fastidia de este comportamiento es que es sostenido incluso por mucha gente de izquierdas y anarquista. Por una parte, como acabo de decir, esta “burla” me parece en sí rancia y elitista: el objetivo de la lengua es la comunicación, no ganar una partida de Scrabble. La lengua es lo que los hablantes construyen, es una herramienta viva en constante evolución y crecimiento, no un manual cerrado de términos escritos y pronunciados como un grupo de estudiosos estipula que es correcto. Por supuesto, el establecimiento de una norma me parece una herramienta útil para facilitar la comunicación, pero no creo que sea una especie de deidad a la que respetar y repudiar a quienes no la alaben: quien quiera seguir la norma que otros marcan que la siga, quien quiera crear sus propias reglas o estilo o hacer cualquier tipo de modificación en el modelo estándar, que lo haga. Yo no tengo ningún problema con que alguien decida usar la k en vez de la q o con que hable como le dé la gana mientras lo entienda. Si no lo entiendo, igual que si me habla en una lengua que desconozco, le pediré si puede acercarse algo más al código que yo manejo para posibilitar la comunicación. Y si no puede o quiere hacerlo, simplemente no me comunico con esa persona, pues la comunicación es imposible: ya sea por la imposibilidad de conciliar los códigos (en el primer caso) o por la actitud del otro miembro (en el segundo caso). 

No obstante, a mayores de esto hay un elemento mucho más clasista y burgués, y es que en una gran cantidad de casos en los que se ridiculiza a otros por una “mala” ortografía, la burla es una crítica que se suelta de forma espontánea, sin pasarla por un filtro, es decir: pocas veces se tiene constancia y busca primero analizar la situación socioeconómica de quien comete las “faltas” por las que son ridiculizados, sino que la burla se dirige por igual a un occidental blanco y rico que a un mexicano pobre que a duras penas ha podido ir a la escuela. Que una persona se burle y humille a otra porque le guste vestir ropa vieja y rota es (entre otras cosas) ser entrometido e irrespetuoso, pero que se burle de alguien pobre que lleva esa ropa porque no puede permitirse nada mejor, es además del más rancio y acérrimo clasismo. Es idéntico a la actitud del capitalista más convencido que culpa a los pobres de su pobreza por “ser unos vagos”, y por tanto es algo totalmente impropio de gente que presuma de progresista.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Monogamia y poliamor, ¿nace o se hace?

Podemos entender el poliamor, al igual que la monogamia, de dos formas distintas: en tanto orientación refiere a la capacidad de sentir atracción “amorosa”, sexual, enamoramiento, etc por varias personas simultáneamente (que no que se esté dando necesariamente esa simultaneidad en el momento presente); y la monogamia como orientación refiere a la incapacidad de sentir esto: una persona monógama sólo puede enamorarse, sentir atracción “amorosa” y, teórica o al menos tradicionalmente, también sexual, por una sola persona a la vez. A nivel pragmático/social, el poliamor refiere a un/os tipo/s de relación/es en la/s que la libertad afectivo-sexual de todos los implicados no sea restringida, pero en la cual todos ellos estén informados de esta no-restricción y muestren su consentimiento. La monogamia, por su parte, referiría a un tipo de relación en la cual la libertad afectivo-sexual de ambas partes se restringe a su compañerx, si bien existen de forma más minoritaria variantes en que la sexualidad de una o ambas partes cuenta con menores niveles de restricción. 

Si bien la gran mayoría de las relaciones que se establecen son monógamas, dudo mucho que la mayoría de la gente lo sea, como muestran estudios y estadísticas. Sin embargo, la gente sigue estableciendo relaciones monógamas convencionales pese a sentirse atraída por varias personas simultáneamente, o pese incluso a poner luego los cuernos a su pareja. Las razones para hacer esto son variadas, si bien el condicionamiento y presión social tienen un gran peso. A veces también una de las partes de la pareja no quiere una relación monógama pero la otra parte sí, y la primera cede. Otras veces una o ambas partes de la pareja quiere libertad afectivo-sexual para sí misma pero no soporta que su compañerx la tenga, de modo que acepta restringirse él/ella a cambio de que también se restrinja la otra parte, “yo me jodo si tú te jodes”. 

Bajo mi punto de vista una relación poliamorosa es más “sana” que una relación (que no orientación) monógama, en tanto que la segunda es más restrictiva (igual que es más restrictiva una relación en que ambos cónyuges se prohíban pasear por el monte que otra en la que no, y en la que, por tanto, si alguno de los dos quisiera hacerlo tuviera que reprimirse o ir a espaldas de su pareja) y la represión amorosa y sexual es para mí algo negativo, y en tanto que la libertad que da una relación poliamorosa permite una mayor autonomía, una mayor seguridad en tanto que no tienes que temer que tu compañerx te deje por encontrar a otro, etc. No obstante, con esto no quiero decir que toda relación poliamorosa sea más sana que toda relación monógama: no hablo de casos particulares sino en términos generales y abstractos. Asimismo no quiero con esto decir ni mucho menos que las personas monógamas sean menos sanas que las poliamorosas: sentir atracción afectivo-sexual por una sola persona no tiene nada de represivo, al igual que no lo tiene sentir sólo atracción afectivo-sexual por personas del sexo contrario. Lo represivo es no sentirlo así pero imponerte ese límite, igual que sería represivo tener la capacidad de sentir atracción amorosa-sexual por individuos independientemente de su sexo o género pero limitarse sólo a mostrarlo y consumarlo con el sexo opuesto. 

Dicho esto, aclaro también que no me meto con cómo quiera cada uno vivir sus relaciones, ni voy por ahí intentando “poliamorizar” a la gente. Si acaso veo que algún amigx sufre por su forma de vivir esas relaciones puedo sugerirle algo al respecto, pero no trato de coaccionar o persuadir a nadie de nada. 

En relación con esto, me encuentro con gente que envidia a la gente poliamorosa pero considera que ellxs no pueden establecer esas relaciones, que no son capaces de no sentir celos, etc. Si bien no defiendo la idea de que todos seamos o podamos ser poliamorosos, o de que el poliamor sea lo adecuado para todo el mundo, sí creo que puede serlo para más gente de la que cree poder, si es que realmente quiere. 

Contrariamente a lo que alguna gente cree o incluso a lo que algunos poliamorosos difunden, no (siempre) se nace poliamoroso, ni se nace (en muchos casos) con una incapacidad total para sentir celos. En primer lugar, no considero que las emociones, orientaciones sexuales, sociales o lo que sea sean algo determinantemente biológico, sino que la cultura tiene en esto una influencia importante. En segundo lugar, prácticamente todos en esta sociedad somos educados para la monogamia, se nos cría desde pequeños en el ideal del amor romántico, aprendemos o reforzamos a través de todos los medios de comunicación a sentir celos, a considerar que el amor va irremediablemente unido a ellos y son algo incontrolable, a pensar que el “amor de verdad” sólo puede sentirse hacia una persona, que si tu compañerx quiere acostarse con otra persona o lo hace no te quiere, etc. Debido a esto, muchas personas actualmente poliamorosas o que lo serán se han sentido monógamas en algún momento, han establecido ese tipo de relaciones, han tenido celos y han albergado ese tipo de prejuicios del amor romántico, etc. 

Para mí este proceso fue algo parecido al veganismo/antiespecismo: primero, un día, empecé reflexionando y cuestionándome prejuicios sobre el trato hacia los otros animales / las relaciones de pareja; después busqué información, opiniones de otra gente, etc y mi oposición a lo que me habían enseñado se asentó más y volvió más sólida, por lo que decidí modificar gradualmente mis hábitos y forma de relacionarme, ya que no se correspondían con lo que consideraba correcto para mí. No obstante, casi una década y media de socialización especista y monógama habían calado muy hondo en mi subconsciente y emociones. Por tanto, no bastaba con rechazar racionalmente el especismo o la forma monógama de relacionarse para superar de un día para otro todo lo que me habían enseñado al respecto. La deconstrucción de esas ideas y la superación de esos prejuicios fue un proceso gradual y, entre ellos, también el control/superación de los celos. 

En mi opinión, la comunicación es un apoyo fundamental en ese proceso: el poder hablar con tu/s compañerx/s cómo te sientes al respecto, la sinceridad, el no ocultarse los encuentros y relaciones que se tengan con otra gente, el tratar el tema con naturalidad, etc. para ir cerciorándote emocionalmente, poco a poco, de que las otras relaciones no tienen por qué cambiar ni reducir el amor que sentís el uno por el otro, para ir superando juntos el miedo, las inseguridades y competitividad que surjan de esto, etc. Los celos, si los tienes, no desaparecerán de un día para otro sino que necesitas atreverte a admitirlos, comunicarlos y enfrentarte a ellos (como con el miedo). Es posible que nunca llegues a superarlos completamente, pero esto no significa que debas rendirte y dejar que ellos tomen el control de tu vida: los celos son sólo una emoción más, como todas aquellas con las que lidias diariamente (enfado, odio, frustración, calentón…). Admitirlos es un primer paso para derrocar el control que tienen sobre ti y pasar a ser tú quien los controla. 

No todo el mundo podrá sobreponerse a esto, pero todo el que quiera o envidie este tipo de relación puede al menos intentarlo. Y quizás, aunque tras eso decidas finalmente que el poliamor no es para ti, la experiencia te ayude en tus futuras relaciones monógamas a llevarlas con mayor libertad, seguridad y honestidad.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Modestia aparte

La mayoría de la gente afirma valorar la honestidad; sin embargo, las personas verdaderamente honestas no suelen ganarse la simpatía de muchos, ya sea porque a veces la verdad duele o porque te hace parecer demasiado poco vulnerable. 

En efecto, no está socialmente permitido o bien visto que valores positivamente ninguna cualidad tuya o de algo que teóricamente te pertenezca. A lo sumo no estará mal visto que expreses una preferencia con respecto a algo tuyo del tipo “me gusta esto de mí/que he hecho” o bien lo compares con otras cosas de tu propiedad o identidad (“esto está mejor/ es lo mejor que he hecho/tengo”), pero en el momento en que afirmes algo en términos generales (“soy buena en/lista/graciosa/etc” o “mi libro es interesante/mi cuadro es bonito/etc”) no faltará quien te tache de arrogante o carente de humildad, al igual que si comparas algo tuyo con lo de otra persona, considerando lo tuyo mejor. Cuanto más valorada socialmente sea la cualidad que crees tener, tanto más arrogante serás considerada (nadie se escandaliza porque afirmes “soy muy bueno lanzando palillos”, pero sí con “soy muy buena escribiendo relatos”). 

El problema no está en no dar cabida a los relativismos, como algunos reprochan ante esas afirmaciones. Nadie te considera arrogante por afirmar “soy feo/aburrido” o por decirlo en superlativo, incluso en superlativo absoluto (“soy el peor X del mundo”), cuando eso requiere mayor “imposición” de tu criterio que el simplemente afirmar, por ejemplo, “soy culta”, sin meterte en comparaciones relativas o universales (o incluso aunque digas “me considero culta” el problema sería el mismo). 

La cuestión está en valorarte, en no mostrarte inseguro, de forma que los demás puedan verse intimidados por tu autoconfianza y virtudes, por sentir miedo a ser menos y a no tener el poder de construir ellos la imagen que tienes de ti mismo, ya que si tú misma te valoras la valoración de los demás pierde importancia: no necesitas reafirmarte constantemente en cada cumplido, en la aprobación de los demás con respecto a quién eres. Si tú te bastas, ellos sienten que sobran; por eso intentarán recuperar su dominio sobre tu autoimagen a base de reprocharte el afirmar casi todo lo positivo que veas en ti, depreciarlo (aun considerando lo que tienes/haces tan o más valioso que tú, y diciéndotelo en caso de que tú hubieras opinado lo contrario) y permitirte sólo ver lo negativo, valorando positiva y enternecedoramente como “humilde” todo autodesprecio. Cuando te hundas de nuevo vendrán a rescatarte, pero nunca dejarán que te levantes del todo, pues dejarían de ser necesarios. 

Por supuesto, todo esto no va dirigido a nadie. No afirmo siquiera que la gente haga esto a propósito o conscientemente, sino simplemente hago un análisis social, una deconstrucción de unas pautas de comportamiento cultural. 

En muchos casos a lo que esto lleva es o bien a la baja autoestima real o a la fingida (la falsa modestia) para mendigar elogios ajenos, ya que no podemos otorgárnoslos por nosotros mismos (o carecen de validez). No obstante, incluso aquellos que practican la falsa modestia (la inmensa mayoría de la gente en algún momento de su vida) forman a menudo parte de ese grupo de depreciación que sanciona al que se valora por sí mismo. 

Mi conclusión y consejo es que trates de valorar tu opinión sobre ti misma como aprecias la ajena, pues ambas son igual de válidas. De hecho, en todo caso, será más importante la tuya, ya que eres la persona con la que has de convivir durante toda tu vida, por lo que más te valdría tenerte en cuenta para evitar que otros decidan por ti quién eres y debes ser.


jueves, 14 de noviembre de 2013

¿Hembrismo?

Muchxs feministxs rechazan o niegan la existencia del hembrismo, considerándolo un término falaz, erróneo, que nos divide y se vuelve contra nosotras, perjudicando al movimiento. Hay, pues, dos objeciones fundamentales a su uso: el perjuicio que supone y el cuestionamiento de su propia existencia. 

Con respecto a las consecuencias de su uso mi conclusión es la opuesta. En primer lugar, dado que el concepto de feminismo es bastante confuso para mucha gente por su semejanza gramatical con “machismo”, este nuevo término nos permite identificar la diferencia de ambas terminologías adjudicándole un verdadero opuesto. En segundo lugar, el término nos permite distinguir y distanciarnos desde el feminismo de aquellas actitudes y prejuicios no feministas que perjudican gravemente al movimiento: con la negación del hembrismo, toda aquella actitud despreciativa hacia los hombres que no alimente la pervivencia del patriarcado (como lo haría, por ejemplo, el despreciar a un hombre por no ser valiente o no querer mantener relaciones sexuales) y por tanto no podamos explicar como forma “paradójica” de machismo, no podrá sino encuadrarse dentro del concepto de “feminismo”. 

El miedo a que se vuelva contra nosotrxs me parece injustificado, pues quien quiera acusar injustamente a una feminista o sección del feminismo de misándrico lo va a hacer conozca o no el término hembrismo, al igual que muchxs homófobxs acusan a los activistas lgbt de odiar y luchar contra los heterosexuales sin que la mayoría conozcan ni usen el término heterofobia. Por otra parte, considero que incluso aunque existiera esta posibilidad de que “se vuelva en nuestra contra” supondrá en último término un beneficio para el movimiento, en tanto que: 

1) fomentará la autocrítica y el debate interno sobre si algo es o no realmente feminista y justificable desde el feminismo. 

2) “saneará” el feminismo manteniendo a raya actitudes revanchistas y/o maniqueístas que frenan el avance del movimiento. 

3) ayudará a reforzar y hacer más firmes los argumentos y las bases sobre las que se sustentan nuestras reflexiones y acciones, al vernos quizás más expuestxs a los posibles recelos con respecto a nuestras intenciones, y esto, en último término: 

4) desarrollará la capacidad comunicativa y don de gentes de lxs activistas, haciendo al feminismo más accesible para todxs, alejándolo de la endogamia y restricción a la esfera académica e intelectual. 


Con respecto al cuestionamiento de su existencia, muchxs feministxs argumentan que, dado que el machismo no es una mera actitud sino todo un sistema, el hembrismo no existe en tanto que no existe ningún sistema que coloque a la mujer en una situación de poder con respecto al hombre, sometiendo y agrediendo a estos últimos, ni existen grupos de mujeres u organizaciones que defiendan la imposición de este sistema. 

La primera objeción a este argumento es que, en cierto modo, estxs feministas cometen el mismo error que todas aquellas personas que atacan al feminismo equiparándolo al machismo porque suenan como antónimos. Del mismo modo que el feminismo no es la inversión del machismo, el hembrismo tampoco es la inversión idéntica del machismo, aunque la formación gramatical sea análoga. Y es que ¿quién dice que el hembrismo es un sistema como el machismo o un movimiento por el mismo? Las personas que consideran que el concepto al que otrxs se refieren no existe no pueden ser quienes definan lo que ese concepto significa. Son sólo quienes afirman la existencia del hembrismo quienes pueden definir lo que es, y en base a la definición que éstxs asienten lxs detractorxs expondrán sus objeciones. En resumen: para oponerte a algo primero tienes que saber qué es ese algo, y no es quien niega la existencia de ese algo quien puede decir lo que es. 

Así pues, obviamente, el hembrismo no es un opuesto simétrico al machismo: nadie piensa en un sistema cuando habla de hembrismo, salvo unos pocos machistas/masculinistas que consideran que las mujeres dominan el mundo. El machismo, al igual que el racismo y especismo hegemónicos (hacia los no-blancos y no-humanos, respectivamente), en tanto problema estructural, conforma no sólo una actitud individual de discriminación hacia un cierto grupo, sino todo un sistema que perjudica, discrimina, oprime y estereotipa a los grupos minorizados (a nivel laboral, legal, cultural, simbólico, social, etc), por lo que goza de poderosos cimientos y está muy extendido. En estas discriminaciones, por tanto, puede distinguirse un nivel individual y otro social, estrechamente interconectados y que se retroalimentan. 

Sus discriminaciones opuestas, en la gran mayoría de los casos, no son más que una reacción de resistencia y autodefensa contra ese sistema discriminador, si bien convirtiéndose en respuesta desproporcionada al caer en las mismas generalizaciones que hegemónicamente ellos sufren. El hembrismo (así como el racismo hacia los blancos) es, pues, una discriminación que existe solamente a nivel individual y está muchísimo menos extendida que su opuesto dominante, pero existe. 

Hembrismo es, por ejemplo, que en un debate feminista se respeten y valoren las opiniones y argumentos de una mujer, y que cuando los da un hombre se considere que “quiere ir dando lecciones a las mujeres”.

Hembrismo es obviar por completo que el patriarcado también perjudica (aunque en menor medida) a los hombres, considerando que éstos no pintan nada dentro del movimiento feminista (o sólo pintan como aliados y calladitos, sin cuestionar nada). 

Hembrismo es generalizar en lo que los hombres hacen a las mujeres, prejuzgándoles móviles e intenciones.

Hembrismo es tachar de lloricas a los hombres que se quejan de algún tipo de discriminación o limitación que sufren, porque TODAS las mujeres SIEMPRE sufren mucho más (que, aunque así fuera el caso, tampoco es incompatible luchar contra ambas cosas, sino más bien complementario) y por tanto lo suyo es irrelevante y puro victimismo. 

Hembrismo es justificar y comprender un sinfín de actitudes desagradables y discriminatorias de mujeres, refiriéndose a sus circunstancias y condicionamiento social en tanto atenuantes o supresores de su responsabilidad, y no hacer el mismo ejercicio de comprensión con respecto a los hombres, como si ellos fuesen cabrones y machistas por naturaleza. 

Hembrismo es, en definitiva, juzgar con un doble rasero a hombres y mujeres en perjuicio de los hombres, desde una supuesta perspectiva antipatriarcal: prejuzgar, generalizar, minusvalorar y adoptar una postura maniqueísta con respecto al sexismo. NO es abogar por un sistema donde el hombre cobre menos, se lleve todo el peso de las tareas domésticas o sufra acoso y agresiones sexuales sistemáticas, al igual que muchos machistas no quieren estas cosas para las mujeres y no por ello dejan de serlo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

¿Tolerancia o respeto?

A menudo la gente confunde los conceptos de tolerancia y respeto, reivindicando unos o culpando por otros erróneamente. La diferencia fundamental entre ambos términos es, sin embargo, el “valor” adjudicado al individuo o idea: 

El respeto es un reconocimiento del otro, la consideración de que la otra persona (humana o no) tiene un valor por sí misma, por el cual merece que sus intereses sean tenidos en cuenta. Aplicado a una opinión o deseo, el respeto supone valorarlo como aceptable y moralmente no-incorrecto, por lo cual aprobaremos el derecho de la persona a mantenerlo o realizarlo aun cuando nuestras ideas o preferencias sean otras. El respeto implica, pues, una suerte de inclusión de la diversidad y un rechazo de la marginación y los prejuicios hacia el otro, sus deseos o ideas. 

La tolerancia es un cierto respeto pero no en el plano moral, sino pragmático. Implica aceptar pero no aprobar, soportar pero no reconocer la corrección de alguien o algo. No deriva en una inclusión de esa persona o ideas, pues con la tolerancia simplemente silenciamos nuestras reprobaciones permitiendo la existencia, opinión o realización de una persona, idea o acción. La tolerancia puede darse con respecto a una idea por respeto a la persona que mantiene la idea. Por ejemplo, una persona de izquierdas puede respetar, en tanto persona, a alguien de derechas, pero eso no implica necesariamente respetar sus ideas, sino (quizás) tolerarlas y/o mostrarse comprensivo con que la persona piense como piensa, pero intentando persuadirlo de su perspectiva con argumentos y sin faltarle al respeto. 

Otro ejemplo es el de la mayoría de las personas homófobas, que dicen no serlo o respetar a los homosexuales “pero”. Ese pero, a menudo seguido de una reprobación de las muestras de afecto en público, de que se enseñe a los niños que es una orientación tan respetable como la heterosexual, de que tengan como pareja los mismos derechos que las heterosexuales, etc. indica por norma general que realmente no hablan de respeto, sino de tolerancia. Toleran a los homosexuales porque les permiten existir, no los agreden físicamente o incluso no los insultan y se relacionan con ellos, pero piensan que deben guardarse sus preferencias para su esfera privada y no pretender una inclusión social, pues no dejan de considerar su orientación enfermiza, antinatural o incorrecta, pese a soportarla. 

Por todo esto, me parece importante que elijamos bien las palabras cuando reivindiquemos el fin de la marginación o discriminación de un grupo minorizado, pues no se trata de pedir tolerancia para los homosexuales, las mujeres, los inmigrantes, las gordas o los practicantes de BDSM, sino respeto. Se trata de considerar que su orientación, condición biológica, nacionalidad, peso o preferencias no son algo inferior, incorrecto, patológico o desagradable que debamos soportar, sino igual de válidas que las nuestras, igual de respetables que las nuestras, en tanto que sean algo que sólo incumba a esas personas sin dañar a los demás. 

¿Qué pasa entonces con aquellas preferencias que sí afecten a otros? ¿Y si a una persona le gusta matar, discriminar, encerrar, torturar o comer a otras? Como ya he dicho antes, respetar a una persona en tanto persona no es lo mismo que respetar sus ideas o preferencias. Una persona antisexista no respeta el sexismo, una persona antirracista no respeta el racismo y una persona antiespecista no respeta el especismo. Pedirle a un vegano antiespecista que respete la idea de que los animales son inferiores o la preferencia de explotar a otros animales para vestimenta, consumo o entretenimiento es, precisamente, no respetar las ideas de ese vegano, o no entenderlas. El veganismo no es una dieta sino una filosofía de vida, un respeto hacia los demás independientemente de su especie y un rechazo a causar un daño innecesario a otros por caprichos igualmente innecesarios, tratando de reducir al mínimo ese daño, en la medida de nuestras posibilidades. Por ello, no se puede pedir a una persona que considera que los demás animales merecen respeto el que respete que otros consideren que no es así, en primer lugar porque contravendría sus propias ideas (si considera que los animales merecen respeto no puede considerar al mismo tiempo que es respetable la idea de que no merecen respeto), y en segundo lugar porque el no querer respetar no respeta a los demás, valga la redundancia (ser homosexual no implica un daño a terceros ni la pretensión de homosexualizar a toda la población, por lo que es respetable y compatible que x personas sean homosexuales y otras heterosexuales; no ser vegano, sin embargo, implica causar un daño a otros que un vegano considera sujetos, por lo que no se puede pedir que respeten que alguien no quiera respetar a otros, pues el primero que no está respetando es esa persona que lo pide). 

Con todo esto no pretendo ni mucho menos justificar la misantropía o siquiera la ridiculización, insultos, culpabilización o agresiones por parte de veganos a omnívoros, ovolactovegetarianos o incluso a otros veganos que no son “tan veganos” como ellos. Esto, aparte de mostrar, a mi modo de ver, una gran arrogancia y falta de comprensión, es además totalmente contraproducente o incluso (puede ser) especista. Lo que propongo es, pues, comprender más y culpabilizar menos, y ser tolerantes con esas ideas, preferencias o prácticas en tanto que vivimos en una sociedad especista, una sociedad en la que la gente opuesta a esa forma de discriminación ronda el 1% si no menos, por lo que no nos es posible escapar del especismo (ni dejar de colaborar indirectamente en esas prácticas). Es positivo informar, pero no atosigar; ofrecer ayuda y alternativas para dar el paso, pero no culpabilizar. Porque les guste o no a algunos veganos, la sociedad no avanzará en el respeto a los animales a base de llamarla asesina, y no a todos nos lleva el mismo tiempo. En el contexto social en el que vivimos, la presión causará más un rechazo que un acercamiento a nuestras ideas. No sirve de nada atacar a la oferta, pues ésta no brota por generación espontánea sino por una fuerte demanda social, que es lo que debemos mermar a base de concienciación*. 

Por supuesto hay excepciones a esta regla en las que el nivel de concienciación social o apoyo legal está suficientemente avanzado como para que resulte estratégicamente positivo ayudar a animales concretos no tolerando ciertas formas de explotación, como por ejemplo en los casos de maltrato a perros, gatos u otros animales o cualquier forma de explotación animal ilegal. 


El caso del sexismo, por ejemplo, no dista tantísimo de este, pues la mayoría de la población lo es en menor o mayor grado. Si bien no creo que la gente con un violento o elevado nivel de sexismo (maltrato físico, insultos, humillaciones, prohibiciones…) deba ser tolerada, sí lo consideraría en el caso de las personas con formas de sexismo “menores” o más “sutiles”, las más extendidas en nuestra sociedad que, por esto mismo, puedan no habérselas planteado. Conste, no obstante, que estoy hablando de tolerancia hacia las personas sexistas, no hacia sus ideas sexistas: no hablo de que debamos callarnos y resignarnos a soportar las discriminaciones, sino de que (por ejemplo, en debates, campañas, etc) seamos comprensivas con respecto a las experiencias y el contexto social en que ha sido educada esa persona y, por tanto, expongamos nuestras objeciones y argumentos sin insultos, culpabilizaciones, actitudes defensivas y faltas de respeto, pues de esa forma es mucho más fácil que llegue nuestro mensaje, como ya he explicado en una entrada previamente enlazada. Creo que nadie está exento de algún prejuicio y, por esto, considero que todos merecemos una oportunidad para reflexionar sobre ellos antes de ser tachados de verdugos.



* para los que quieran más información acerca de esta perspectiva, les recomiendo el A new approach to Animal Rights Activism, o en castellano (en una versión anterior) Una nueva perspectiva en el movimiento por los de los animales (parte 1 y 2).

miércoles, 21 de agosto de 2013

Era tan trabajador...

Vivimos en un sistema socioeconómico que valora a los humanos y otros animales, cosas, lugares, conocimientos, etc en función de la ganancia que podamos obtener de su explotación. Aunque esto no sea nada nuevo, no deja de sorprenderme la forma en que esta ideología ha calado en el imaginario social no ya con aquellas cosas que son vistas como objetos o posesiones (que a veces son individuos), sino con las propias personas. El trabajo, un supuesto medio para poder vivir cómodamente –o sencillamente para poder vivir- parece más bien un fin en función del cual se juzga el “valor” de una persona. Es común recurrir a lo trabajador que alguien es a la hora de alabar la “calidad humana” de esa persona, ya sea lamentándonos de su muerte, hablando de compañeros de estudios, presentándole un/a novio/a a nuestros padres, etc. Los “vagos” son el mejor de los casos compadecidos, y en el peor despreciados o ridiculizados*, siendo la propia expresión de “ganarse la vida” bastante reveladora (¿es acaso un “premio” que podamos merecer o desmerecer en función de las horas de sufrimiento que aportemos?). 

En definitiva, se sigue considerando mayoritariamente que lo útil que le seas a tu patrón o las horas de resignación y esfuerzo que dediques autónomamente son algo que te honra. (Casi) nadie quiere realmente trabajar, pero cuando alguien no soporta esa alienación y trata de reducirla o evitarla es a la víctima a quien se culpa de no ser lo suficientemente fuerte y resignado, de querer ser feliz en vez de partirse el lomo como los demás, en vez de culpar a un sistema que nos obliga a dedicar un tercio de nuestras vidas en actividades monótonas, pesadas y angustiantes para poder mantenerla (la parte de nuestra vida que nos queda “libre”). 



*Cabría diferenciar entre alguien meramente “vago” y alguien irresponsable o “jetas”. No querer o poder trabajar no tiene por qué incumbir a nadie más que a la propia persona afectada. Responsabilizarse voluntariamente (y no por coacción) de hacer algo a medias o entre varias personas y no cumplir con tu parte obliga a los demás a asumirla, por lo que sí afecta a terceros y sí entiendo que sea motivo de rechazo, independientemente de la “culpa” que tenga o no el individuo.

jueves, 18 de julio de 2013

Relativismos mal entendidos

Cuando digo -o más bien cuando se deduce de mis argumentaciones- que soy relativista mucha gente me adjudica ideas tales como que entonces debería abstenerme de criticar a cualquier cultura ajena o comportamiento, o que todas las tradiciones habrán de parecerme bien, o al menos creeré que nadie debería intentar erradicarlas o modificarlas. Pues bien: eso no tiene nada que ver con el relativismo. De hecho, esas ideas son completamente anti-relativistas (es decir, dogmáticas). 

En primer lugar, para quienes aún no tengan claro su significado, cabe aclarar cuál es la esencia del relativismo: la no creencia en los valores absolutos. El valor y connotaciones de las cosas no existen en sí sino que dependen de un conjunto de relaciones, de los sujetos capaces de valorar. Según esto, no podemos decir que tal o cual cosa esté bien o mal, sino que tal o cual cosa nos gusta/parece bien o disgusta/parece mal. El dogmatismo, por el contrario, se caracteriza por partir de premisas que se dan por ciertas sin cuestionarlas, por ejemplo, que hacer daño a alguien innecesariamente está mal. Es decir, que es algo objetivamente malo, pues el Bien y Mal existen más allá de los sujetos que los juzgan. Me llama especialmente la atención el dogmatismo en personas agnósticas o ateas, pues muchas se burlan de la creencia ciega de los católicos u otras personas religiosas en x palabras o mandamientos, pero luego ellos también creen en Verdades Absolutas, en dogmas que te indican cuál es el camino correcto. 


Las personas relativistas no creemos que exista algo así como “ser (objetivamente) bueno/malo”, ni siquiera en los mandatos sencillos tales como el ya expuesto (“hacer daño innecesariamente está mal”). No obstante, eso no implica que seamos psicópatas, conformistas o indiferentes, sino únicamente que no sentimos la necesidad de recurrir a algo o alguien superior para fundamentar nuestras ideas: simplemente creemos en ellas, opinamos, sin decir saber que son ciertas porque son (o parten de otras) obvias (un argumento tan circular como este). La evidencia no es para mí ningún hecho sino una carencia: la incapacidad psicológica para dudar sobre algo. Para unos es evidente que Dios existe; para otros, que matar está mal. 

Pensar de un relativista que es ruin porque no puede tener moral al no creer en valores absolutos es lo mismo que pensar eso de un ateo por no creer en una autoridad divina, un castigo ni un premio eterno. En todo caso podríamos decir que las personas más “bondadosas” son aquellas que, no creyendo en ninguna autoridad ni valor absoluto, tratan de reducir el daño que causan porque así lo quieren: ¿qué valor tiene tu respeto si sólo lo llevas a cabo por miedo al castigo de Dios? ¿Qué puede decir de los sentimientos de un ateo el hecho de que haga cosas buenas por los demás si lo hace únicamente porque considera que es lo que debe hacerse, en vez de por verdadera inclinación? 

Debido a mi (cantidad y tipo de) empatía algo en mí hace que me cause rechazo emocional-moral ver sufrir a otros individuos. Es por ello que me parece mal/disgusta que se haga daño innecesariamente a alguien. Por eso soy vegana, feminista y anti todas las discriminaciones que identifico como tales, y por ello siento a veces el impulso de intentar convencer o conseguir que los demás no dañen innecesariamente a otros (o sea, de hacer activismo). No veo en los eventos ningún vínculo que una necesariamente el hecho de que alguien pueda sufrir con la idea de que es nuestro deber no causarle ese sufrimiento. No veo por qué del hecho de que no te gustaría que te lo hicieran a ti se debiera concluir que no se lo debas hacer a los demás: para no querer hacer eso hace falta sentir empatía, que no es más que la capacidad de ponerte en el lugar del otro individuo de tal modo que te haga vincular su sufrimiento con el tuyo propio: todo recae en última instancia en tu propio sufrimiento, en el agrado o desagrado que algo te causa. 

Pues bien: el relativismo, en tanto que no entiende de deberes morales ni verdades absolutas, no insta a nadie a respetar las tradiciones ajenas a la suya por el hecho de que las culturas correspondientes partan de otros valores morales. El relativismo no está en contra de imponer nuestro propio criterio a los demás ¡porque eso es en sí mismo un dogma!: si no existe el Bien ni el Mal en sí: ¿cómo podríamos decir que debemos (o siquiera que sea bueno) respetar los criterios de los demás en vez de imponer nuestras propias ideas? Muchas personas dogmáticas temen la palabra “imposición” porque para ellos lleva implícita connotaciones negativas. Para ellos, someter a todos los individuos bajo sus criterios éticos no es una imposición, es “ser lo que tiene que ser”, porque sus criterios éticos son absolutos y universalmente válidos. Yo acepto la contingencia de mis valores morales y por ello admito que me gustaría imponerlos: desearía imponer que nadie explotase a nadie, que nadie violase, que mujeres, hombres y otros sexos/géneros fueran tratados de forma equitativa, etc., pues tan impositivo es que alguien fuerce a otro a mantener relaciones sexuales como forzar a ese alguien a que no viole (es decir, para que quede claro: imponer no es sinónimo de “hacer algo malo”). 


· Entrada relacionada: comprender no es justificar.

lunes, 24 de junio de 2013

¿Quién defiende a los amantes?

Como ya he criticado en una entrada anterior, hay bastantes cosas que no me cuadran dentro del paradigma monógamo convencional, una de ellas es el odio hacia los posibles o reales competidores ilegítimos, los amantes. 

La ideología monógama establece que el interés afectivo-sexual sólo puede darse hacia el individuo con el que están emparejados (o al menos debe evitarse todo contacto romántico-sexual con quien no sea la pareja). Esta exclusividad es teóricamente una muestra de amor y, por consiguiente, no practicar esta exclusividad indica que la persona no está verdaderamente enamorada ni guarda el debido respeto por su pareja. 

Ahora bien, estas condiciones son un “contrato” que se establece (que se da por hecho, generalmente) para con la persona con la que te encuentras emparejada, no con los amigos, compañeros, conocidos o desconocidos. Entonces, ¿qué responsabilidad tiene el amante o el rollo de una noche con respecto al “contrato” de los individuos que no son su pareja? ¿Por qué habría de culpársele a él/ella de que la persona con la que mantiene una relación esté faltando a su palabra para con otra persona? 

No dejo de ver y oír reproches hacia esas personas (generalmente mujeres) tales como que son culpables de destrozar una pareja/familia, y digo yo ¿acaso la pareja/familia no estaba rota desde antes de que el rollo o amante entrara en escena? ¿Acaso la culpa no habría de corresponder íntegramente a la persona que ha puesto los cuernos a su pareja, pues ese acto no es (en teoría) más que un síntoma de que no estaba verdaderamente comprometida con la relación? 

Culpar al amante de seducir al hombre o mujer comprometidos es análogo a culpar a la víctima de una violación de provocar a su violador. Es el emparejado el que tiene teóricamente el deber de no engañar a su pareja: el amante no está engañando a nadie, porque nunca ha prometido nada. Más aún, si la figura del amante -o individuo cualquiera con el que se ha tenido una aventura puntual- ha de suscitar algún sentimiento, éste habría de ser el agradecimiento: es gracias a ella/él que puedes descubrir que tu pareja no te ama ni respeta (según la lógica monógama), es gracias a los “competidores” que tratan de seducir a tu pareja como puedes cerciorarte de que ésta está o no verdaderamente enamorada de ti, en función de si los acepta o los rechaza. Cuanta más gente ande detrás de tu pareja, más pruebas de su compromiso obtendrás. 

No obstante, cabría una posibilidad según la cual la violación de estas “condiciones de noviazgo” por parte de una persona ajena pueda ser lógicamente condenable: que el noviazgo/matrimonio se conciba como un contrato de propiedad, no como una mera promesa de lealtad y respeto entre dos personas. Sólo en este caso mencionado es reprochable la acción de un amante, en tanto que su aventura sería un ataque a la propiedad privada. Sin embargo, esta concepción conllevaría que los individuos implicados en el contrato son objetos alienables, no sujetos responsables de sus acciones (lo cual es de por sí contradictorio, pues supone que los dos individuos son y no son sujetos y objetos al mismo tiempo). 


Como tantos otros temas, éste no se libra de una perspectiva de género. Basta analizar en los medios audiovisuales la figura del amante y la amante, el marido infiel y la esposa infiel, así como los reproches que suscitan los cuatro tipos de individuos, para reparar en la diferente consideración que se tiene de los mismos en función del género. Si bien todos esos individuos son culpabilizados, la mujer suele llevarse la peor parte. Como ya he mencionado antes, a menudo se culpabiliza a la amante de un hombre comprometido por seducirlo, restándole así a él responsabilidad sobre sus acciones. Sin embargo, escasas veces se culpa al amante varón por seducir a la mujer, pues “como todos sabemos” es la mujer la que provoca, la que debe cuidarse de no tentar al varón con su cuerpo libidinoso

Con respecto a los reproches o ataques la diferencia es análoga: a las amantes se las suele culpar, como ya he mencionado, de destrozar familias. Son ellas las culpables de provocar a los maridos ajenos causando que las víctimas de sus encantos falten al compromiso monógamo con las “mujeres de bien”: sus legítimas esposas. Los amantes, por su parte, suelen recibir ataques más virulentos por la invasión de un territorio ajeno. La existencia de un amante es una ofensa para el novio/marido en tanto que este individuo le está burlando la propiedad que le pertenece legítimamente, el cuerpo/sexualidad de su pareja. Basta reparar en lo común que es que un baboso se te despegue más fácilmente si le dices que tienes novio que si simplemente lo rechazas, incluso reiteradamente, o bien que, cuando se lo dices con tu novio delante, se disculpe ante él en vez de ante ti. 

Por supuesto, existen muchos otros reproches con respecto a los y las amantes y más hoy en día, muchos de los cuales son iguales para ambos sexos; no obstante, desgraciadamente, la diferencia de género mencionada sigue vigente implícita o explícitamente en una gran cantidad de situaciones.

jueves, 13 de junio de 2013

Yo no soy bonita ni lo quiero ser

Un icono femenino puede ser increíblemente inteligente, valiente, talentosa, trabajadora o graciosa, pero jamás podrá escapar de la presión del enjuiciamiento masivo sobre aquello que la hace “aprovechable” o “desechable” como mujer: su belleza. Todas sus otras cualidades o aptitudes son generalmente concebidas como un agradable añadido, a menudo incluso como un añadido que no hace sino volverla más sexy. 

De este filtro no se libran siquiera –o menos aún, si cabe- los iconos infantiles; para muestra una excepción: uno de los escasísimos modelos de Disney que rompía más con el estereotipo, la princesa Mérida de Brave, fue “pasada por” quirófano, modista, peluquero y maquillador para poder constar como princesa oficial, porque aparentemente el cuento de que la belleza está en el interior (aunque el personaje ya era guapa antes) sólo vale para con los varones (Quasimodo, la Bestia, el Fantasma de la ópera…). 

Incluso cuando se reivindica respeto para aquellas mujeres que no encajan con los cánones de belleza hegemónicos muchas veces la reivindicación no trasciende la premisa de que la belleza es una importante cualidad en las mujeres: se habla de la belleza de este u otro cuerpo, de la belleza de la diversidad, singularidad o de alguna cualidad mental, de lo bella que eres "al natural", de que hagas o seas esto o lo otro sigues siendo bella, y digo yo ¿por qué ese afán por ensanchar hasta el infinito el concepto de bello en vez de cuestionar el peso que tiene en la valoración ajena y propia de una mujer? ¿Por qué legitimar una acción (depilarse o no, maquillarse o no, usar ropa femenina o no) con lo bella que es hacerla o no hacerla? 

Tan impositivo es que nos insten a que nos pongamos bonitas callándonos, depilándonos, maquillándonos y poniéndonos tacones como que lo hagan con respecto a que gritemos, nos dejemos el vello crecer, estemos despeinadas u ojerosas. A veces las mujeres toman decisiones en función de, por ejemplo, su practicidad, placer o comodidad, no sólo ni constantemente en función del agrado que cause a los demás. Cada cual debería poder hacer con su vida y su cuerpo lo que le dé la gana sin tener que ver su preferencia reforzada por la opinión de alguien de que haciendo eso está o sigue estando bonita. 


El colmo de este tipo de reivindicaciones son los lemas a menudo secundados por algunas feministas tales como “mujer bonita es la que lucha” o “qué linda te pones cuando luchas”. Lemas que pretenden romper moldes sobre el ideal de belleza femenino pero siguen perpetuando y reforzando esa sobrevaloración de la belleza en la mujer, sólo que definida en otros términos. A la mayoría de la gente le parecería un absurdo y una frivolidad que se le dijese a, por ejemplo, Che, Bakunin o Emiliano Zapata, lo bonitos que estaban luchando; sin embargo para las mujeres ni siquiera las luchadoras pueden escapar del omnipresente juicio de su belleza, aunque sea utilizado a modo de “refuerzo positivo” de una determinada cualidad: parece que sólo nos preocuparemos por ser inteligentes o luchar si la gente nos encuentra bonitas por ello.

sábado, 1 de junio de 2013

Los problemas de verdad

A menudo se menosprecian los problemas propios o ajenos comparándolos con los considerados “problemas de verdad”, ya sea con “malas” intenciones (considerando que la persona que sufre por ese “problema de mentira” es caprichoso y desagradecido por no valorar lo que tiene) o “buenas” (tratando de minimizar el problema para ayudarte a superarlo). El criterio para determinar por cuáles problemas puedes sentirte mal o ser legítimamente compadecido varía según la persona que te juzga: algunos consideran que el ser pobre, tener graves problemas de salud, quedarse parapléjico, no tener casa, morirse de hambre… siempre hay gente que está peor, siempre hay gente que lidia sin mayores dificultades con las situaciones que a ti te causan malestar. 

Cuando la gente utiliza esos argumentos me dan ganas de contestar que hay gente capaz de componer una sinfonía en 8 horas, dibujar un retrato hiperrealista en dos días o sacar una ingeniería a curso por año y sin suspensos, por lo que “si tú no eres capaz es porque no lo intentas lo suficiente” o “si esa gente puede hacer eso, ¿cómo te atreves a decir que no eres capaz de hacer esa otra cosa de menor dificultad?”. 

Los eventos que ocurren en nuestras vidas no son así de buenos o malos, así de difíciles o fáciles: el valor se lo da quien lo valora/experimenta, lo cual es involuntario y totalmente subjetivo. Una persona puede hundirse por algo que para ti es irrelevante y a la inversa con otras situaciones. Una persona puede haber superado un problema de una determinada forma y que a ti eso no te funcione. La capacidad para afrontar un problema depende de infinitud de factores que no podemos controlar, como por ejemplo los niveles de dopamina, serotonina u oxitocina. 

Sé que cada persona es un mundo y quizás a algunas les ayude considerar que sus problemas son estúpidos para superarlos, pero muchas veces el efecto es el contrario. En mi caso, al menos, ese continuo menosprecio sólo me ha servido para sentir una inmensa culpa cada vez que me siento mal, lo cual acrecienta bastante el problema original. No sugiero tampoco que se haga un drama de ello y nos compadezcamos de la persona como si no hubiera esperanza alguna para ella: no existe tal dilema. Si queremos ayudar quizás sea positivo preguntar a la persona cómo le afecta a ella ese problema en vez de prejuzgar cómo debería afectarle según nuestra experiencia o la de otras personas, y preguntar si y cómo podemos ayudarla, o qué cosas podrían distraerla o darle un respiro, sin juzgar tampoco que si esa persona se anima de alguna de esas formas es porque realmente su problema no era tan grave (la gravedad del problema no depende necesariamente del tiempo durante el que éste persista, sino de la intensidad con la que se siente mientras éste persiste). 

Si tratamos de ponernos en la piel de la otra persona y entender por lo que ha pasado, los valores en los que ha sido educada, sus miedos, sus limitaciones físicas y psicológicas, etc quizás logremos dejar de juzgar y empezar a comprender. Quizás entendamos así por qué para aquella chica era tan importante no verse fea o gorda o tener las mejores notas de la clase, por qué aquél hombre se muestra tan arrogante por miedo a que los demás lo consideren débil o por qué aquella otra persona es incapaz de llamar por teléfono, mirarte a los ojos o salir sola a la calle. O quizás a veces no podamos comprender el por qué (a veces quizás ni las propias personas lo entiendan), pero eso no hace en ningún caso que el problema sea menos real. Una depresión, por ejemplo, no depende necesariamente de que seas pobre, de que una persona cercana haya muerto, la gente no te aprecie o no tengas suerte en tu vida profesional. Cualquiera es susceptible de sufrirla independientemente de las circunstancias externas que lo acompañen, y decirle a alguien que no hay motivos para estar deprimido es tan absurdo como decirle que no hay motivos para tener artritis o astigmatismo, amén del ya mentado riesgo de conseguir el efecto justo contrario al que buscamos: que la persona sienta que hay algo malo en ella y se sienta culpable por estar mal ya que, aparentemente, no hay motivos para ello. 

martes, 21 de mayo de 2013

Los eternos olvidados en las discusiones sobre la custodia

Las dos posturas fundamentales que me he encontrado en el tema de la custodia de los hijos son, por parte de una gran cantidad de masculinistas, aquella que exige la custodia compartida automática; y por parte de muchas feministas, la de la custodia compartida pero no automática. La diferencia de la segunda con respecto a la primera es que se exigirían una serie de criterios y responsabilidad para que la custodia sea de ambos progenitores y no sólo (o no mayoritariamente) de uno de ellos, y no se presupone, como a veces se pretende, que si los hijos denuncian malos tratos o abusos sexuales por parte de uno de los progenitores (generalmente del padre) es por un Síndrome de Alienación Parental

Si bien el sistema actual favorece por defecto a la mujer en la custodia de los hijos, presuponiendo que la madre cuidará mejor a los niños que el padre, muchas feministas no consideran que la solución sea la aplicación de la custodia compartida automática en caso de que ambos progenitores cumplan unos "requisitos mínimos" (que ninguno sea maltratador, violador, etc) pues la paridad en el cuidado de los hijos está lejos de ser una realidad: que yo conozca, no hay ninguna estadística de ningún país en que las horas de cuidado por parte de los padres sean iguales a las de las madres (a exepción de la tribu centroafricana de los pigmeos aka y, en Occidente, Suecia es lo más cercano) sino que suele haber una diferencia del doble si no más y son las mujeres las que fundamentalmente sacrifican su vida profesional, académica y personal para volcarse en sus hijos, pues además es sobre ellas sobre quienes se concentra toda la presión social de ser una buena madre. Es por ello que se considera que, dada la sociedad en la que vivimos, en la mayoría de los casos la custodia habría de favorecer a la madre por una cuestión de mérito (cuando así sea).

Todas estas consideraciones me parecerían estupendas si habláramos de propiedades, pero no de personas ¿o es que a nadie se le ha pasado por la cabeza que los hijos pueden tener algo que decir al respecto? 


Desde la imposición de una vida que nadie ha pedido en unas circunstancias que nadie ha elegido, los padres tienen potestad para decidir prácticamente todo en la vida de sus hijos, y lo que no tienen poder de imponerle sus padres se lo impone el Estado. Los padres (sobretodo la madre) pueden decidir “tener” o no “tener” un hijo, pero ¿alguien se ha preguntado si los hijos quieren/querrán “tener” esos padres? ¿A alguien le preocupa cómo se siente el hijo con respecto a los padres y la vida que éstos le dan si no les propician palizas (porque “por un cachete no pasa nada” y “una bofetada a tiempo arregla muchas cosas”, claro) o abusan sexualmente de ellos? No sólo no preocupa a la gran mayoría de la población sino que a menudo esta reivindicación es ridiculizada y tachada de desagradecida: “encima que vives a su costa te atreves a quejarte”, “ellos te han dado la vida” o “con todo lo que han hecho por ti” son algunas de las quejas que suelen aducirse. Como ya he argumentado en otras entradas, nadie debe nada por sufrir una imposición (nacer), independientemente de que luego la disfrutes. Nadie debe nada a sus padres porque éstos los hayan cuidado, pues fueron ellos quienes decidieron traer a una persona al mundo sabiendo que iba a tener necesidades. 

“Custodia compartida sí” o “custodia compartida no”, por muy en pro de la igualdad de sexo que pueda ser o no, supone tratar a los niños y adolescentes como meras propiedades sin voz ni capacidad de decisión, obligados a vivir primero la vida que le imponen sus padres y después la que un juez decide que es mejor para él/ella, nuevamente bajo la tutela de uno o ambos progenitores durante los periodos que el juez elija. A nadie le importa si la madre maltrata psicológicamente al niño comparándolo constantemente con otros, porque eso no deja marca; a nadie le importa si el padre sólo le deja salir de casa un día a la semana a los sitios donde el padre decide, obligándole el resto de la semana a acudir a actividades extraescolares que detesta y/o estudiar sin descanso durante horas para sacar las mejores notas; a nadie le importa si el niño se siente totalmente incomprendido por sus padres y no quiere vivir con ninguno de los dos. A nadie le importan, en definitiva, los deseos, sentimientos u opiniones de las propiedades con respecto a sus propietarios. 

En conclusión, lo que yo considero la mejor opción en los casos de divorcio es el preguntar directamente al niño o niña (siempre que tenga capacidad de decisión) con qué progenitor quiere convivir y durante qué períodos, si es que quiere convivir con alguno de ellos o con ambos, teniendo en cuenta la situación en la que se encuentra y permitiéndole hablar con un psicólogo infantil que pueda ayudarlo (que no coaccionarlo) a decidir qué decisión tomar y por qué. Y también creo que debería poder visitar a ese u otro especialista cada cierto tiempo en caso de que quisiese rectificar su decisión. Ya que los hijos no pueden escoger a sus padres, el mínimo derecho que creo que merecen es el poder decidir si prefieren ser tutelados por uno, ambos o ninguno.

miércoles, 1 de mayo de 2013

La castración emocional del hombre

En las sociedades patriarcales, más que situarse un sexo en una situación privilegiada con respecto al otro, es un género el que se encuentra en esa situación privilegiada con respecto al otro. Es por ello que también los hombres se ven perjudicados con este sistema en tanto que no se adapten al rol que se les impone. 

A cada uno de los sexos se les presiona socialmente con unas expectativas de género antagónicas: se espera de los hombres que sean fuertes, valientes, fríos y racionales, poderosos, líderes, defensores de su “honor”, estables, duros, individualistas, intelectuales, agresivos, sexualmente activos, sostenes económicos de la familia, etc. De las mujeres, por tanto, se espera que los complementen con lo contrario: siendo débiles, cobardes, emocionales, mandadas, sumisas, resignadas, inestables, frágiles, empáticas y abnegadas, presumidas y superficiales, pacíficas, sexualmente pasivas, amas de casa y cuidadoras de la prole, etc. 

Sucede que, con el paso del tiempo, cada vez son toleradas o hasta apreciadas más características “masculinas” en las mujeres, como el ser valientes, inteligentes, poderosas, defensoras de su “honor” (¿por qué no deberían tener las mujeres estas características si se consideran algo positivo?)… pero eso sí, siempre que conserven su utilidad para los hombres (la belleza, relativa delicadeza, cuidado de los hijos, mayor moderación sexual…). Sin embargo, los hombres siguen casi igual de encorsetados en su rol de género, pues adoptar algunas características socialmente adjudicadas al rol femenino (debilidad, emocionalidad, cobardía, obediencia, fragilidad, superficialidad, rechazo del sexo o de la violencia…) supone rebajarse al género inferior. Esto se vuelve más que evidente si reparamos en los insultos utilizados para humillar a aquellos hombres que muestran alguna de estas características mencionadas: nenaza, gay o maricón (los homosexuales son utilizados a modo de insulto pues se considera que, al tener la orientación sexual asignada socialmente a las mujeres, pierden su estatus de hombres); o bien se refieren a él en femenino o se ridiculiza su comportamiento dramatizando exageradamente una actitud característica del rol de la mujer. 

Por todo esto, el machismo/patriarcado perjudica también a los hombres. Los perjudica limitando su sexualidad, libertad de acción, de expresión y de vestimenta: 

Lo más restrictivo y perjudicial es, a mi modo de ver, la casi completa amputación de toda la dimensión emocional del hombre. Desde el nacimiento (o incluso antes) los padres proyectan sus prejuicios esencialistas en el comportamiento de sus hijos. Por norma general a los niños se les limitan las muestras de afecto mucho más y mucho antes que a las niñas, se les alienta más que a éstas a ocultar sus sentimientos, se les disuade (tanto sus padres como por parte de los medios) de no jugar con juegos y muñecos que desarrollen su sensibilidad y dimensión emocional, se les educa para preferir e identificarse con la “sobriedad”, lo “neutral”, lo atlético, lo bélico, lo racional… y ver lo socialmente estipulado femenino como “lo otro”. 

Más cercanos a la adolescencia y preadolescencia, como en el caso de las mujeres, estas exigencias se acrecientan. Como en los aparentemente ajenos ritos de paso, los chicos deben demostrar ser dignos de ese “género superior” si no quieren ser marginados, lo cual a menudo incluirá la exigencia de vencer, mofarse, discriminar u oprimir a otros más débiles para hacer alarde de su poder si no quieren ser ellos los oprimidos. Asimismo, tanto entonces como en su adultez, las muestras de afecto y apertura emocional hacia otros hombres se ven extremadamente limitadas, si no eliminadas, bajo la pena de la marginación que implica que pongan en duda tu “masculinidad”, pues hasta la mayoría de los llamados antihomófobos se ven constantemente en la necesidad de hacer saber que ellos son heteros. 


En referencia a la sexualidad, si bien la mujer se lleva a menudo la peor parte, el rol masculino también es bastante limitador en este aspecto. Más allá de la discriminación, burlas, acoso y violencia que sufren los hombres homosexuales, la sexualidad heterosexual está también muy limitada por la visión coitocéntrica de la misma: todos los estímulos se reducen al pene, pues los besos, caricias, abrazos…son “sensiblerías” de mujeres, son preliminares (pues de hecho reciben ese nombre, a pesar de ser para muchxs mucho más satisfactorios que la penetración) para ese único fin: el coito. 

Además de todo esto, la presión social exige a los hombres una recepción sexual constante: nunca deben negarse, tiene siempre que apetecerles, nunca pueden tener un gatillazo, sufrir impotencia ni eyacular demasiado pronto. Cualquiera de estas cosas es motivo de mofa, vergüenza y, con respecto a la falta de interés, acusación de homosexualidad. Los hombres deben ser potentes máquinas sexuales con una polla grande y constantemente erecta (pues el tamaño también es motivo de burlas). Se prejuzga muy a menudo que cuando se acercan a o les gusta una tía su interés en ella es esencialmente sexual. 

También, dentro de los intereses, la presión social prohíbe (o recela) muchas actividades socialmente consideradas femeninas, como la moda, decoración, cocina, costura, cuidado del cuerpo (que no sea para ganar musculatura), poesía, ballet, películas o música románticas, etc. 

Como se deduce de la exposición, todo esto hace referencia fundamentalmente a los hombres heterosexuales cisgénero: para los gays, queers o mujeres transgénero (con cuerpo masculino) esta discriminación y perjuicios se multiplican, a menudo acompañados de cotas mucho mayores de violencia que las lesbianas, queers u hombres transgénero (con cuerpo femenino), pues éstxs continúan todavía mayoritariamente en la exclusión e invisibilidad. 

En conclusión, esta educación sexista construye no sólo mujeres sino también hombres presos a sus expectativas de género. Hombres privados del derecho de expresar emociones básicas o estados como el miedo, la timidez, la debilidad, la torpeza, el fracaso, la equivocación, la inseguridad, el enternecimiento, la empatía, el afecto, el llanto, la delicadeza, el perdón… Hombres, en definitiva, emocionalmente castrados; que sufren, al igual que las mujeres, violencia por cuestiones de género cada vez que son hostigados, presionados, burlados, humillados y hasta agredidos para adecuarlos a su rol. Es una violencia dual legitimada por un sistema al que todxs estamos sometidos, y que incluso a nivel individual puede ser más duro para algunos individuos del género dominante, aunque por norma general ese grupo se vea más favorecido. Y es que, en definitiva, el patriarcado nos jode a todxs, el feminismo nos incumbe a todxs. 

viernes, 15 de marzo de 2013

Orgullo y prejuicio menstruante

Con respecto a la menstruación (o más exactamente, a las mujeres menstruantes) suelo encontrarme dos posturas radicales contrapuestas, tanto por parte de mujeres como de hombres: la mayoritaria, de quienes la repudian, la consideran un tema tabú, lo ven como algo impuro, sucio o degradante e incluso se burlan con ello de otras mujeres; y la minoritaria, de algunas feministas (de la diferencia, sobretodo), que la sacralizan, la consideran un vínculo con la naturaleza o la Luna y lo ven como una especie de suerte o privilegio, un proceso tremendamente beneficioso y enriquecedor. Y por no variar, no respaldo ninguna de las dos. 

La utilidad de la menstruación es de sobra conocida, si bien desconozco si trae a mayores algún beneficio (todo lo que he encontrado al respecto han sido argumentos místicos y –para mí- vacíos), por lo que sentíos libres de aportarlos si sabéis de alguno -no poético ni espiritual, sino físico. Para mí (y para la mayoría de las mujeres) la regla es un fastidio, un engorro y una auténtica carga de la que me desharía sin pensarlo si pudiese hacerlo (sin consecuencias negativas), pero al menos por ahora no me convencen las alternativas farmacológicas, no voy a inducirme una deficiencia proteica y, por supuesto, no pienso quedarme embarazada. No se trata de prejuicios misóginos que me hayan metido en la cabeza, sino de mi propia experiencia personal: me incomoda, duele, quita energía, baja el ánimo, mancha, despierta por las noches e impide en general hacer vida normal.

La cuestión es que la regla es, como tantos otros, un proceso fisiológico no más místico que el comer o el cagar, y que este proceso afecte sólo a hembras humanas (y de primates, murciélagos y otros pocos animales) no es algo causal por una suerte de mayor vinculación de la mujer con la Madre Tierra o la Luna, sino casual, por obra de una selección sexual y otros factores biológicos. La sacralización de la menstruación, así como del parto, es un puro esencialismo bastante contraproducente para el logro de la igualdad, pues los prejuicios y las constricciones de los roles de género no se eliminarán mientras se siga promoviendo una imagen de la mujer como ser místico, mágico, natural y poseedor de otras tantas cualidades que corresponden a su “feminidad esencial” (que, a todo esto, los hombres también tienen un ciclo sexual que los afecta hormonalmente, así como padecen también una “menopausia” masculina o andropausia).

¿Que tiene su razón de ser? por supuesto. Y me parece probable que reporte algún beneficio biológico -o por lo menos que el no tenerla reporte algún perjuicio- pero esto no es distinto en el caso de la fiebre, congestión nasal o vómito: todas son respuestas beneficiosas del organismo (en algunos casos) en tanto que éste está reaccionando y defendiéndose de un agente que considera perjudicial, ya sea un virus, un exceso de contaminación, una comida en mal estado, etc. Sin embargo, no por ello dejamos de considerar que estas “formas de proceder” de nuestro cuerpo son unas molestas cargas que deseamos no sufrir nunca. No veo que este deseo de evitar una incomodidad sea distinto en el caso de la menstruación, para todas aquellas que la sufren. El tabú social no es el único -ni muchas veces el principal- factor determinante de este deseo.

Sin embargo, el que yo y otras muchas consideremos odioso este proceso no justifica el tabú social, sino más bien al contrario. En torno a él han girado gran cantidad de prejuicios que segregan y repudian a las mujeres. Si bien mitos como el de que las mujeres menstruantes provocan la muerte de las plantas o cortan la mayonesa ya no son prácticamente mantenidos en nuestra sociedad (excepto quizás en las zonas rurales) por ir en contra de una mentalidad mayoritariamente cientificista, otros tantos prejuicios gozan de gran salud:

Nos educan para verlo como algo asqueroso y repulsivo, mientras que no tenemos esos reparos con cualquier otro tipo de sangre, que alguna gente hasta ingiere si no es humana (en morcillas, filloas, etc) o bien se deleita con el análogo a la menstruación en las hembras ovíparas (los huevos) o trozos de músculos desmembrados, intestinos u otras tripas.

A raíz de esto, a muchos hombres y mujeres les da asco mantener relaciones sexuales con una mujer menstruante, como si fueran a ponerse a expulsar sangre como una fuente o los fluidos fueran algo corrosivo. Pero eso sí, eyacular en el cuerpo, cara o boca de una mujer se ve a menudo de lo más sexy, aunque pueda ser un líquido más viscoso y difícil de limpiar que muchas menstruaciones, o al menos en determinados días. No es que considere que la gente deba hacerlo aun si no se siente cómodx, simplemente me parece triste que por prejuicios y presión social muchxs que sí querrían se quiten de practicarlo: es común que a muchas mujeres les aumente la libido durante la regla, además de que mantener relaciones sexuales durante ese período puede ayudar a aliviar los cólicos, desinflar el pecho y vientre y obtener orgasmos más intensos y, adicionalmente, las probabilidades de embarazo son bastante menores (que no imposibles).

Se insta constantemente a las mujeres a avergonzarse de su menstruación, sentirse sucias y malolientes, sumando esto a que, como las hemorroides, es algo que debe sufrirse en silencio, pues el tema no ha dejado de ser tabú -especialmente delante de hombres. Sin embargo, para sorpresa de muchos, la regla en sí no suele oler mal (a menudo cuando lo hace es por causa de alguna infección), sino que lo que a muchxs les apesta son precisamente los químicos y plásticos de las compresas que supuestamente los encubren. Con compresas de tela o una copa menstrual (producto que recomiendo encarecidamente) la regla no suele tener ningún mal olor, a menos, quizás, que no te cambies en un día entero. Otros factores que podrían provocar eso serían, por ejemplo, el llevar pantalones muy ajustados o –paradójicamente- el exceso de “higiene”, que puede desequilibrar la flora vaginal y dar lugar a hongos o infecciones (y es que la vulva y la regla no son algo “sucio” que haya que estar lavando cada pocas horas –y menos con jabones-, especialmente las duchas vaginales son bastante peligrosas: la vagina ya se encarga ella sola de limpiarse (por dentro) con su propio flujo).

Se difunden numerosos chistes e ideas sobre lo mentalmente desequilibradas que las mujeres están cuando menstrúan: por una parte, como ya he dicho, los hombres no se libran de los ciclos hormonales; por la otra, no a todas las mujeres ni todas las veces les afecta en su carácter y personalidad y, en cualquier caso, eso no implica que se conviertan en unas locas irracionales incapaces de controlar su ira o impulsos, pues la influencia de las hormonas no deja de ser limitada y nuestra racionalidad lidia y reprime diariamente multitud de impulsos bajo todos los estados anímicos, por lo que para la gran mayoría será algo bastante controlable.

Se ridiculiza y pone el grito en el cielo cada vez que ese “avergonzante secreto” se hace visible a los demás, es decir, cada vez que la sangre menstrual mancha la ropa o alguna otra cosa, o menos comúnmente, cuando las compresas se hacen visibles o intuibles bajo la ropa. Nadie se burla de que la sangre de una herida abierta manche la ropa de una persona, pues esa sangre es “pura”; sin embargo, la “sangre impura” de la menstruación le resulta a la gente tan repugnante y humillante como la orina o las heces, como si manchar la ropa de sangre menstrual fuera como una falta de control de las mujeres sobre sus esfínteres.

Por último, considero también bastante sexista la imposibilidad de las mujeres para pedir una baja por dolores menstruales o síndrome premenstrual (al menos en la mayoría de los empleos), obligando a muchas a acudir al trabajo con una gran indisposición o a perder el sueldo o el trabajo por ausencias mensuales reincidentes. No sugiero ni mucho menos que todas las mujeres, por el hecho de ser menstruantes, deban gozar de x días de baja cada mes, sino que aquellas que sufran esa condición, con algún tipo de justificante o revisión médica, tengan el derecho de hacerlo (derecho que, por otra parte, nunca se logrará mientras se siga defendiendo que si se sufre por la menstruación es por los prejuicios patriarcales que nos han metido en la cabeza, desacreditando por completo las experiencias de millones de mujeres considerándolas psicológica y emocionalmente manipulables hasta límites insospechados). Sin embargo también es probable que, desgraciadamente, de concederse este derecho acabase volviéndose en nuestra contra: agravando la discriminación laboral, acrecentando las burlas y desacreditaciones por la regla y alimentando el resentimiento de una gran cantidad de hombres que se sentirían “discriminados” por un malvado feminismo que busca “que las mujeres tengan más derechos que los hombres”.


lunes, 4 de marzo de 2013

Comprender no es justificar

En ocasiones se ha puesto en duda mi compromiso para con el antiespecismo, feminismo u otras luchas contra otras formas de discriminación por no exasperarme con aquellos que tienen algún tipo de opinión o actuación contraria y/o discriminatoria o incluso por oponerme a que sean tratados por otros de esa forma. En vez de partir de una posición defensiva, cuando mi paciencia me lo permite, trato de comprender por qué piensan como piensan y entablar un debate respetuoso en el que le muestre mi postura buscando los posibles puntos en común. Al parecer, eso me coloca en el lugar del opresor por “tolerar” su comportamiento, me convierte en una bienestarista. 

Sin embargo, simplemente trato de rechazar, en la medida de mis posibilidades, esa visión maniqueísta del mundo. Trato de no personalizar al enemigo ya que, desgraciadamente, los verdaderos enemigos son una fuerza invisible mucho más poderosa que un grupo delimitable de individuos: son los prejuicios y su inagotable capacidad de propagación. 

Cuando presenciamos o somos informados de casos de padres irresponsables, maltratadores o discriminadores sentimos lástima por los hijos que criarán, por las ideas que les inculcarán o por la violencia que sufrirán. Sin embargo, cuando esos niños llegan a la adolescencia o adultez y algunos proyectan en sus actos u opiniones esa educación y valores que han heredado, la mayoría de la gente olvida por completo esa lástima considerando al individuo como único responsable de que piense como piensa y actúe como actúa. Parece como si el libre albedrío de un ser humano adulto fuese claro y absoluto (así como los conceptos de Bien y Mal) y no estuviese para nada determinado o condicionado por la cultura (propia y colectiva) en la que se ha formado. Pero entonces, ¿por qué sentimos lástima por la educación que recibirá el niño o niña, si en cuanto desarrolle su capacidad de reflexión rechazará esas ideas inculcadas por su entorno (en caso de que sea una buena persona, claro; si es una mala persona continuará adscribiéndose a esas ideas, pero la culpa será sólo suya)? 

En caso de que eso fuese como esa gente lo ve, y que el que sea o no prejuiciosa no dependiese de la educación recibida, ¿no significaría esto que las malas y buenas personas nacen ya como malas o buenas personas –pues si su entorno no influye en su libre elección, el que unos se decanten por la “maldad” y otros por la “bondad” habría de ser algo genético- y por tanto tampoco así son responsables de sus actos u opiniones? Lo enfoque desde donde lo enfoque no logro encajar el concepto de culpa. 

Es por ello que ante una opinión sexista, xenófoba, especista, etarista, gordofóbica… trato de analizar primero sus palabras en busca de puntos en común, antes de rechazarlo, marginarlo y vituperarlo por mostrarse prejuicioso con respecto a algo. Si veo que las premisas desde las que parte son cualitativamente distintas a las mías (como en el caso de las personas que basan la legitimidad de sus argumentos en cuestiones espirituales o religiosas) ni me molesto en intentar debatir, pues no veo la forma en que podamos llegar a ningún acuerdo partiendo cada uno de axiomas en los que el otro no cree. Tampoco me molesto cuando veo que lo único que busca la otra persona es ofenderme con insultos y otras faltas de respeto. No obstante, en los restantes casos la comprensión me ha dado buenos frutos en algunas situaciones, logrando incentivar la reflexión sobre actitudes y formas de discriminación que antes no se habían planteado gracias a evitar una actitud defensiva como resultado de un juicio acusatorio y desacreditador. Y es por eso que a veces, aún quemada de volver a oír los mismos argumentos que considero falaces, me muerdo la lengua e intento ser clara pero educada por una cuestión estratégica. Porque es contra un prejuicio contra el que estoy luchando, no contra una persona; y por tanto no se trata de destruir a la persona sino a sus esquemas de pensamiento, que difícilmente se cambian por medio del insulto. 

No digo que siempre sea educada ni me creo mejor por no buscar culpables. Al igual que soy comprensiva con los demás también lo soy conmigo misma (que antes que activista soy persona), entendiendo que a veces puedo enfadarme por formas de pensar y actuar que rechazo y reaccionar con rudeza. Simplemente, por mi cosmovisión del mundo y por el bien de la causa que defiendo y de la que –desgraciadamente- soy a menudo vista como representante por mi interlocutor, trato de dejarla en el mejor lugar, buscando el mayor acercamiento a mi postura en el pensamiento del otro y no exasperándome también por mi propio bienestar. 

Todo esto tampoco implica que rechace la violencia bajo cualquier circunstancia, pues no soy una pacifista “mal entendida”. La violencia me parece legítima siempre y cuando sea un medio necesario y el más apropiado para lograr un fin justo. La cuestión es que muchas veces, aunque lo más apropiado para lograr un objetivo inmediato sea la violencia, resulta perjudicial a la larga para el avance del movimiento, y por ello hay que valorar no sólo los logros a corto plazo sino especialmente a largo plazo, es decir, hay que estudiar una estrategia. Como he dicho en el título, comprender no implica no posicionarse y tolerar. Comprender no es justificar. 


domingo, 17 de febrero de 2013

Sexo, género y violencias

“Violencia de género” es un término tan ampliamente extendido como mal utilizado. Poca gente comprende verdaderamente a qué refiere este concepto, confundiéndolo a menudo con la violencia dentro de una pareja o expareja sentimental. Más común es equiparar el término de violencia de género a la violencia ejercida por uno de los sexos hacia el otro, por pertenecer éste al otro sexo (por sexismo); sin embargo, yo tampoco estoy de acuerdo con esta perspectiva, pues equipara y confunde dos conceptos fundamentales: sexo y género. 

Para los que no comprendan tal diferencia, sexo hace referencia a la condición biológica que distingue a los machos de las hembras (obviando a intersexuales, etc), como sus genitales o cromosomas; género, por su parte, se refiere a la construcción social de lo que en cada sociedad se considera ser un hombre o ser una mujer (masculinidad y feminidad), que se materializa en el comportamiento, expectativas, gustos, etc. Sexo y género tampoco están intrínsecamente unidos (ya que si no tampoco se diferenciarían), como muestran millones de personas de ambos sexos que no se identifican con las características adjudicadas a su género.

Una vez esclarecido este punto aclararé las diferencias que existen entre los tres tipos de violencia a los que me he referido en un principio: violencia conyugal o de pareja, violencia de género y violencia sexista. 

La violencia conyugal hace referencia a la violencia física o verbal ejercida dentro de de una pareja (esposos, novios o como ellos se llamen) o expareja, ya sea unilateral o bilateral (ejercida por uno o por ambos miembros de la pareja hacia el otro). Hay infinitud de motivos por los que puede darse la violencia dentro de una pareja, ya sea del hombre hacia la mujer, de la mujer hacia el hombre o de un hombre o mujer hacia su compañero del mismo sexo: porque se odian, porque se quieren vengar de alguna jugada que el otro les haya hecho, por despecho como consecuencia de que el otro les haya sido infiel, etc. Por ello, independientemente de que sea o no lo más común, que un hombre agreda puntual o reiteradamente a una mujer que es su pareja no implica necesariamente que esa violencia sea de género, ya que puede darse por muchísimos otros motivos completamente ajenos al género y al sexo. 

La violencia de género (así como la violencia sexista, que creo que se consideran sinónimos) es oficialmente considerada la violencia ejercida por uno o varios individuos del género dominante sobre otros individuos del género dominado, utilizando los primeros su posición privilegiada en contra de los individuos con una posición inferior, aprovechando esta asimetría de género para manipularlos, humillarlos, agredirlos, someterlos, etc. Es por ello que la violencia de género se considera unilateral, pues en una sociedad con dos géneros jerárquicamente diferenciados sólo uno puede ser el dominante y otro el dominado, que en nuestro caso es el masculino y el femenino, respectivamente. Por tanto, sólo un hombre podría ejercer la violencia de género hacia una mujer, nunca una mujer hacia un hombre. 

Sin embargo, el término utilizado para nombrar este tipo de violencia no me convence, pues considero que el concepto de violencia de género no agota sus posibilidades con esta definición. Considero, por tanto, que “violencia de género” habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un individuo o conjunto de individuos hacia otro/s de su mismo o distinto sexo por cuestiones de género, violencia que, de acuerdo a esto, puede ser ejercida tanto por hombres como por mujeres. Al igual que un varón, una mujer podría ejercer violencia de género hacia un hombre en tanto que lo humillase o agrediese física o verbalmente como castigo por no cumplir con lo que consideraría las expectativas de su género: por no ser valiente y mostrarse débil, ganar menos dinero que ella, no comportarse con ella de forma caballerosa, no estar siempre dispuesto a mantener relaciones sexuales, etc. o por ejemplo, en el caso de que sea un niño, por querer jugar con los juguetes socialmente asignados a niñas. Por ello, las mujeres que ejercieran la violencia de género no serían nunca feministas ni hembristas, pues ambas están en contra del patriarcado y los mandatos de género (o, en el caso de la hembrista, como mínimo de los mandatos de género masculinos), y por tanto en el caso de una hembrista que agrediese injustamente a un hombre ésta lo haría porque lo prejuzgase como opresor o algo por el estilo por pertenecer al sexo masculino, no por no cumplir unas expectativas de género, que rechaza. En consecuencia, las mujeres que ejercieran la violencia de género sólo podrían ser machistas o patriarcales, pues pretenderían el correcto cumplimiento del rol de género masculino –dominante- y por tanto la pervivencia del sistema patriarcal. 

Debido a esto, y para diferenciarlo de esta violencia de género bilateral a la que me acabo de referir, creo que el concepto utilizado para mencionar la violencia unidireccional del género dominante para someter al dominado debería de recibir un nombre más específico. Yo propondría, por ejemplo, el de violencia supremacista de género

La violencia sexista, como acabo de señalar, suele utilizarse como sinónimo de esa violencia supremacista de género. Sin embargo, desde mi punto de vista habría de hacer referencia a la violencia ejercida por un sexo hacia el otro por razón de su sexo. Un hombre machista que agrediese a una mujer por ser mujer (hembra) estaría ejerciendo una violencia sexista; una mujer hembrista que agrediese a un hombre por ser hombre (macho) estaría ejerciendo también una violencia sexista.

Como ya he dicho, en una sociedad patriarcal una mujer hembrista nunca ejercería violencia de género hacia un hombre, sino sexista. Sin embargo, un hombre podría ejercer violencia de género y sexista hacia una mujer, o simplemente violencia sexista sin la de género, aunque serían casos excepcionales: por ejemplo, el de un hombre que simplemente por misoginia agrediese al azar a una mujer que se encuentre en la calle por el mero hecho de ser mujer. Pero si ese hombre no escogiese a esa mujer al azar, sino porque llevaba una falda muy corta y, según él, las mujeres no deberían salir así vestidas a la calle; o porque simplemente se encontraba en el espacio público cuando considera que debería recluirse en la esfera doméstica, entonces esa violencia es asimismo de género. Y es que, en la violencia de género, la personalización de ésta en un compañero sentimental no es su única posibilidad, e incluso la misma agresión física o verbal no es más que la punta de un gran iceberg.


PD: para que nadie me acuse de estar comparando la incidencia de la violencia de varones hacia mujeres con la que se da por parte de mujeres a varones, aclararé que esta última es bastante más reducida, especialmente la violencia física y sobretodo los asesinatos (sólo un 9% de las víctimas mortales a manos de sus parejas (del mismo u otro sexo) son hombres). Y no, no es porque los hombres sean más malos, sino por los roles de género en los que se nos educa (y, por esto mismo, imagino que la violencia de una mujer a un hombre por cuestiones de género ha de ser algo bastante más reducido todavía). En cuando al hembrismo, ésta es también una actitud muy minoritaria en comparación al machismo, y que muy raramente llegaría al punto de materializarse en forma de violencia física.