sábado, 22 de diciembre de 2012

El suicidio

Mucha gente mantiene, al menos en la teoría, que está a favor de que cada uno haga lo que quiera con su vida mientras no implique dañar a terceros. En la práctica, no obstante, los prejuicios suelen tener más fuerza que los paradigmas, especialmente cuando “hacer lo que quieras con tu vida” significa acabar con ella. 

Los motivos para oponerse a esta libre toma de decisión son de diversa índole: se dice que es egoísta, cobarde, malo y desagradecido, un pecado o un error. Como de costumbre no voy a meterme en concepciones religiosas, pero sí podría decir algo del resto de pretextos. 


Es cobarde: algunos lo llaman “camino fácil” cuando la mayoría de esa gente ni siquiera se ha planteado nunca seriamente esa alternativa, ya que su vida les merece la pena. Por otra parte, gran parte de la gente que sí lo desea no lo hace o lo pospone porque no consigue el valor suficiente para hacerlo ¿no sería entonces lo cobarde el no suicidarse, cuando sólo te mantienes con vida porque ese “camino fácil” en realidad para ti es realmente difícil de tomar? La cobardía o bien consideramos que está en toda carencia de valor para hacer algo por miedo a ese algo o sus consecuencias (con lo que tanto podríamos llamar cobarde a toda la gente que se suicida porque no quiere seguir viva como a toda la gente que no lo hace porque quiere estarlo) o bien en la carencia de valor para hacer algo que deseamos, por miedo a ese algo o sus consecuencias (con lo que la gente que quiere suicidarse y lo hace en realidad es valiente). 

En cualquier caso, detesto esa sobrevaloración de la valentía fruto de la ideología patriarcal. Si bien cierto grado es necesario para enfrentarte a la vida, eso no lo convierte en virtud, sino en instrumento. Igual que no consideraría reprobable que alguien no pudiera andar porque fuera inválido, o no supiera leer o escribir correctamente por falta de instrucción, o no pudiera correr tanto como yo por tener una peor constitución física, tampoco considero algo reprobable que alguien se vea incapaz de enfrentarse a algo por cobardía. Ni tener piernas hábiles, ni saber leer y escribir, ni tener buen fondo físico ni ser valiente los considero “virtudes morales” que te hagan mejor persona como para que me parezca legítimo reprobar a alguien por no poseerlas, y menos aún cuando la cobardía en algún acto sólo te concierne a ti mismo, como en el caso del suicidio. 


Es desagradecido: algunos opinan que “la vida es un regalo” y les ofende que seas tan “desagradecido” de no aceptarlo. Mucha gente puede considerar la vida un regalo una vez la posee, pero primordialmente lo que ha sido es una imposición: nunca nadie nos preguntó desde nuestra no-existencia si queríamos nacer, cuándo ni bajo qué condiciones, simplemente a unos individuos (padres) les apeteció sacarse de la manga un nuevo ser sintiente con necesidades para luego cubrirlas parcialmente durante unos años. Menciono esto porque me llama la atención, en la misma línea de este argumento, que se considere que debemos estar eternamente agradecidos a nuestros padres por el regalo de la vida y los cuidados que hemos recibido de ellos, cuando en primer lugar no éramos nadie antes de nuestra concepción como para que pueda haber alguna razón no egoísta en la decisión de concebirnos, y en segundo lugar nosotros no tendríamos hambre, sed, frío, calor, enfermedad, necesidad de afecto y de cuidados, etc. que nuestros padres (en algunos casos) han curado y cubierto si no fuera porque esos padres, al concebirnos, lo hicieron sabiendo que nos crearían esas y otras necesidades (que ni siquiera se comprometerán a cubrir durante toda nuestra vida, sino sólo al inicio de ésta). No considero que si le rompo a alguien las piernas y luego lo llevo a todas partes donde él quiera ir deba estarme agradecido por transportarlo diariamente en silla de ruedas, pues no lo necesitaría si yo no le hubiera creado esa necesidad, y por tanto más que un favor lo vería como un deber. 

Finalizado este paréntesis vuelvo al tema principal: si la vida es un “regalo” impuesto que nos vemos obligados a usar ininterrumpidamente, el mínimo derecho que cabría reivindicar aquí es que podamos “descambiarlo” cuando queramos. En caso contrario definitivamente no podría ser considerado un regalo (con o sin comillas), sino un castigo. 

Dicho esto, quiero aclarar que no estoy diciendo que la vida sea algo malo ni pretendo alentar a nadie a acabar con la suya: la vida es horrible para quien así la considere y maravillosa para quien así la vea, pero en cualquier caso ha sido una imposición, la agradezcamos o no. Por tanto sólo reivindico el derecho de que, quien lo desee, pueda volver voluntariamente a la no-existencia de la que ha sido arrebatado involuntariamente. 


Es un error: quitarse la vida es irreversible, y eso hace que muchos de aquéllos que consideran la vida un regalo se opongan al suicidio. Te piden que lo intentes todo y más antes de tomar esa decisión, y veo muy positivo ofrecer alternativas, pero no siempre las hay para esa persona, o no siempre las quiere. Hay gente que puede estar pasando por una mala etapa de la que pronto se recobrará y, una vez bien, habrá agradecido no haberse suicidado, pero hay otros para los que sus problemas y sufrimientos no son ninguna etapa, o hay otros para los que, aunque pueda ser una etapa, esa etapa se le presenta tan dolorosa y dilatada que no le merece la pena tener que soportar todos esos sufrimientos por una ciertamente futura o meramente posible vida más feliz. 

La empatía de la gente en estos y otros problemas suele estar bastante atrofiada, pues muchos son demasiado egocéntricos como para ser capaces de entender (o intentar entender) la perspectiva del otro más allá de su propia experiencia. Algunos se empeñan en que algo tiene que funcionarle a otra persona porque a ellos les ha ayudado en un momento similar, o en que deben actuar de la misma forma y tomarse las desgracias de la misma forma que ellos han hecho, como si todos los individuos tuvieran las mismas capacidades, limitaciones, axiologías, genética o niveles de serotonina. 


Nuevamente, no pretendo alentar con esto a nadie al suicidio, sino sólo a la comprensión. Se puede ofrecer ayuda y alternativas siempre que las haya, pero no deberíamos obligar a nadie a que las tome. La decisión final no es de los demás, sino de la propia persona a la cual pertenece -sólo a ella- su vida. 


Es egoísta: haces sufrir a la gente que te quiere por tu “capricho” de no querer seguir viviendo, arguyen algunos. No obstante, este argumento se puede utilizar para miles de cosas con las que probablemente (o al menos en algunas) no estarían de acuerdo: ¿es egoísta irte a vivir a otro país si es lo que deseas porque haces sufrir a la gente que te quiere? ¿Es egoísta ser gay y establecer relaciones amorosas/sexuales con alguien de tu mismo sexo si las personas que te quieren no lo aceptan? ¿Es egoísta independizarte de tus padres cuando ellos quieren que sigas viviendo en su casa? ¿Es egoísta estudiar Derecho cuando tus padres desean fervientemente que estudies Medicina? Etc etc. Por supuesto que muchas decisiones que tomemos pueden dañar a otros -e incluso a gente que queremos- de forma incidental, pero mientras las decisiones sólo nos incumban directamente a nosotros mismos tenemos todo el derecho de tomarlas y elegir el camino que queremos seguir en nuestra vida. 

Por otra parte, si mis amigos prefieren verme sufrir por tener que soportar una vida que no quiero vivir antes que verme muerta por decisión propia, creo que los únicos que merecen el calificativo de egoístas son ellos que, desde luego, yo no llamaría amigos. Si alguien verdaderamente nos quiere y no meramente nos “utiliza” querrá lo mejor para nosotros, y desde luego querer disfrutar de nuestra compañía independientemente del sufrimiento que nos cause (por no poder irnos a vivir donde deseamos, estar con otras personas, hacer las cosas que nos gustan o acabar con nuestra vida si así lo queremos) no es querernos ni querer lo mejor para nosotros ¿Por qué habríamos de preocuparnos por el sufrimiento que nuestra muerte cause a un “amigo” o familiar que prefiere vernos sufrir contra nuestra voluntad a vernos muertos por decisión propia? 


Es un intento de llamar la atención: mucha gente afirma querer suicidarse pero no lo hace o lo intenta y no lo logra, lo que la gente suele tachar como un intento de llamar la atención, ridiculizando y desacreditando la intención de esas personas. Para esa gente, como he comentado al principio, suicidarse es una solución fácil (pero que nunca, en la mayoría de los casos, se les ha pasado siquiera por la cabeza) y quien no lo hace es porque no quiere. Como ya señalé en puntos anteriores, lo considero una total muestra de ombliguismo y, en muchos casos, un ombliguismo que parte de estar muy lejos de conocer lo que significa encontrarse en esa situación. No niego con esto que haya personas que finjan querer suicidarse para llamar la atención (aunque tampoco creo que sea algo ridiculizable, pues en muchos casos puede ser resultado de graves problemas de inseguridad o trastornos que dañan a la persona), sino que simplemente en estos casos el querer está muy lejos del poder. El instinto que nos impulsa a preservar nuestra vida es generalmente muy intenso, incluso aunque racionalmente queramos acabar con ella, por no hablar del miedo al sufrimiento. No es fácil sobreponerse al miedo ante una decisión de tal magnitud e irreversibilidad, y no hay muchas formas accesibles de hacerlo que te aseguren instantaneidad, eficacia y ausencia de dolor. En algunos casos la confusión o el miedo paraliza a las personas en mitad de su intento, y otras veces pueden verse incapaces de tomar tal decisión y lo dejan a la suerte: lo intentan dejando una mínima posibilidad de salvarse de forma que, quizás, de darse el caso, esa experiencia se convierta en un punto de inflexión en su vida. 


No diré que hablo desde el conocimiento de la situación (y aún de ser el caso, los motivos que puedan impulsarte a acabar con tu vida son infinitamente diversos, por lo que no tendría el "conocimiento" de todas las situaciones), pero sí desde un intento de comprensión y reflexión y desde el conocimiento de casos cercanos. En cualquier caso, si consideráis que se me escapa o me equivoco en alguna cosa, por supuesto (como en el resto de mis entradas), estoy abierta al debate.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Cuando los insultos dicen más del emisor que del destinatario

El insulto es generalmente una palabra (o conjunto de palabras que funcionan como una) que define un modo de ser o comportarse que consideraríamos denigrante y del cual acusamos al destinatario. Algunos insultos están vacíos de un concepto concreto o al menos de su significado literal original (cuando llamamos a alguien hija de puta, por ejemplo, no la estamos acusando de ser hija de una mujer que se dedica a la prostitución), pero muchos de los comúnmente utilizados son reflejo de los prejuicios sociales. Generalmente los insultos son discriminatorios con algún colectivo (racista, sexista, homófobo, etarista, gordófobo, especista…), con excepción quizás de palabras como falso, manipulador, arrogante, etc, que son más una definición de un comportamiento considerado antisocial que un insulto, otras como “mala persona” cuya definición depende de los principios morales del emisor y otras que no sabría cómo catalogar (cenizo, matao, zopenco, peinaolivas...).

Que la gente deje de utilizarlos o los sustituya todos por otros no discriminatorios lo veo una misión imposible, y tampoco es mi intención (yo misma los utilizo a menudo). Pero sobre lo que sí querría llamar la atención es sobre aquellas palabras o frases utilizadas a modo de insulto que no son simplemente un desahogo vacío de contenido (como puede serlo cabrón, gilipollas, hija de puta, imbécil, estúpida, etc) sino que reflejan en el fondo los prejuicios más o menos inconscientes del emisor. “Insultos” que son incluso utilizados por gente que cree estar en contra de la discriminación a la que se refieren. 

Este es el caso de palabras como fea, gordx*, maricón, negrx (o de cualquier etnia), nenaza (u otras palabras para acusar de femenino a un hombre), etc, acompañados a menudo por su precedente “putx/jodidx” y/o su subsiguiente “de mierda” (“puta gorda de mierda”, por ejemplo). Parece que cuando alguien hace algo que consideramos reprobable toda palabra “negativa” para mostrar la repulsa hacia este comportamiento está justificada. Si, por ejemplo, una tía que considerábamos nuestra amiga nos traiciona, o una desconocida sube un video a youtube cruel o discriminatorio, se justifica el insultarla a sus espaldas (o a la cara) llamándola fea o gorda, o negra o gitana si lo es, o zorra/guarra si sabemos que la tía es promiscua. Y esto no es un caso aislado, sino ampliamente común. Conozco personas que abogan por el feminismo y se muestran en contra de la discriminación hacia los gordos, por ejemplo, y no dudan en criticar a las demás por su aspecto físico o forma de vestir si la tía en cuestión es falsa, manipuladora, cruel, discriminatoria, etc. 

Sobre esto tendría varias cuestiones al respecto: si realmente se considera algo relevante y digno de mención el que una mujer sea (para ti) desagradable físicamente, ¿por qué se le oculta (o incluso se le miente descaradamente) todo el tiempo en que supuestamente eran amigas y se contaban las cosas (de ser el caso)? ¿Por qué se utiliza como arma arrojadiza una vez se ha truncado la relación? Parece que sólo puedes enterarte de la verdadera opinión de la gente (o de cómo son realmente) cuando les caes mal. Y, si la persona en cuestión se considera feminista ¿por qué la fealdad y el peso suele ser algo tan relevante para criticar a las mujeres y tan secundario en el caso de los hombres? 

En cualquier caso, no veo cómo puede venir al caso atacar con gordo, fea, maricón o negra a un hombre o mujer que hace o comenta algo que se considera éticamente reprobable o ridículo ¿Acaso lo moralmente inaceptable es que sea misógino, cruel con los animales, etc, estando gordo, por ejemplo? ¿Es un añadido reprochable a los hechos? ¿Si estuviera en forma, fuera guapo, blanco y vistiera bien lo hecho o dicho no sería tan ofensivo o estúpido? Considero que este tipo de cosas, aunque puedan tener el efecto inmediato deseado (ofender a la persona atacada) tienen un efecto nocivo a largo plazo, reforzando la discriminación que sufren aquellos grupos que se utilizan a modo de insulto. Además, no creo que realmente sea tan inocuo para la consciencia de la persona que los utiliza: si realmente consideras que características como el ser musulmán, fea, gordo, gay, poco masculino, vieja, joven, yonki o sexualmente insatisfecha son algo ofensivo como para utilizarlos de insultos cuando se dan en el individuo, creo que tienes bastante que trabajar en ti si realmente no te consideras una persona prejuiciosa y discriminadora. 


*Entrada relacionada: gordofobia.

martes, 9 de octubre de 2012

Drogas y prejuicios

Una droga es cualquier sustancia que, introducida por algún tipo de vía (oral, nasal, intravenosa, intramuscular, rectal…), puede alterar de algún modo el funcionamiento del sistema nervioso central.

Bastante a menudo me encuentro con gente, generalmente metida en el activismo por unas u otras luchas sociales, que critica y demoniza las drogas sin haberse preocupado por informarse mínimamente al respecto (o haberlo hecho en webs antidrogas tremendamente sensacionalistas sin contrastar los datos expuestos). El primer error del que se parte es el hablar de “las drogas” como quien habla de “las castañas” y les adjudica unas cualidades y valores nutricionales, pues ese saco en el que se meten infinitud de sustancias distintas es enormemente amplio y heterogéneo como para que podamos hacer alegremente afirmaciones categóricas de todas ellas. El alcohol es una droga, al igual que el tabaco, ibuprofeno, lsd, cafeína o éxtasis; sin embargo nada o muy poco tienen que ver entre sí ninguna de estas sustancias. Lo mínimo que deberíamos establecer para poder hablar en términos generales de riesgos, efectos o dependencia es una distinción entre las drogas depresoras, estimulantes y psicodélicas (y dentro de cada grupo hay sustancias de muy distinto grado y cualidades); en lugar de dividirlas, como comúnmente se hace, entre drogas legales e ilegales, como si fueran un criterio válido de los peligros que implican. Pero no voy a ponerme aquí a informar sobre ellas, pues mi blog no trata de eso*. Me limitaré a intentar desmitificar y argumentar contra algunos prejuicios comunes: 

Las drogas causan dependencia: falso (en parte). Algunas drogas PUEDEN causar dependencia física y psicológica (como el alcohol y el tabaco), otras únicamente dependencia psicológica (como el cannabis) y otras no causan ningún tipo de dependencia (como el LSD). Asimismo, el riesgo de dependencia es variable en función de la droga: la nicotina, por ejemplo, tiene un alto poder adictivo, muchísimo mayor al del cannabis o incluso la cocaína. Por otra parte, no todos los síndromes de abstinencia son igual de perjudiciales y difíciles de superar: mientras que el “mono” del cannabis por un consumo muy frecuente (e incluso con un consumo diario puede no producir síndrome de abstinencia alguno) puede producir nerviosismo, cierto grado de ansiedad y alteraciones del sueño o del apetito durante unos días (máximo 2 semanas, por lo que encontré en algunos sitios, quizás exagerado) y es fácilmente superable por uno mismo, el síndrome de abstinencia al alcohol (tras varios años de consumo muy frecuente) puede producir un estado de completa desorientación mental, alucinaciones muy vivas y aterrorizantes, espasmos, vómitos, mareos y rigidez muscular durante una semana, pudiendo llegar incluso a la muerte si es dejado de golpe. 

En cualquier caso, el consumo de una droga no tiene por qué llevarnos a la adicción, siempre que éste sea esporádico. De cada uno depende informarse antes sobre los efectos y nivel de adicción de cada droga y darles un uso responsable en función a sus riesgos. 

Las drogas son perjudiciales para la salud (y pueden matar): curiosamente, la gente que suele alertar de estos peligros no suele ver ningún problema grave en el consumo esporádico de alcohol o tabaco. Sin embargo, estas dos drogas legales son culpables de 24 veces más muertes que todas las drogas ilegales juntas, de acuerdo a un informe de la ONU**. Además, son también mucho más perjudiciales físicamente que una gran cantidad de drogas ilegales tales como el cannabis, LSD y otros alucinógenos, GHB o incluso la heroína pura, aunque esto pueda escandalizar a más de uno (el problema aquí sería que la heroína sin cortar es tremendamente difícil de encontrar). El punto al que quisiera llegar es que sí es cierto que el abuso de una gran cantidad de drogas puede ser físicamente perjudicial, pero el uso no es lo mismo que el abuso. Cada droga tiene (o puede tener) sus riesgos de acuerdo a la forma en que interactúan con nuestro organismo, y de acuerdo a estos riesgos deberemos tomar ciertas precauciones a la hora de consumirlas, si queremos hacerlo. Consumir cannabis, heroína pura o café una vez por semana (por ejemplo) puede no conllevar perjuicio significativo alguno para la salud, pero esta misma periodicidad puede ser bastante peligrosa con otras sustancias, como por ejemplo el éxtasis. Por otra parte, no se ha reportado ningún caso de muerte directa por causa del LSD, GHB, MDMA o cannabis, entre otras. 

Las drogas ilegales lo son por ser peligrosas: falso, y creo que ya ha quedado claro con las comparaciones anteriormente expuestas con el tabaco y el alcohol. Drogas que aquí son ilegales no lo son en otros países (por ejemplo el cannabis en Holanda) y a la inversa. Gran cantidad de drogas ahora ilegalizadas fueron legales y consideradas muy útiles para usos terapéuticos hace unos años (MDMA, LSD, heroína, cannabis…). Los beneficios de esas drogas no han cambiado, sino simplemente los intereses políticos y económicos, o casos de abuso salidos a la luz por un uso poco responsable. 

Las drogas distorsionan la realidad: esta cuestión daría para una amplísima argumentación, así que trataré de resumirlo lo más brevemente posible: en primer lugar ¿qué es la realidad? En el estado de vigilia o alerta que llamamos sobriedad o normalidad nuestra agilidad mental y nuestras percepciones se ven de hecho muy limitadas para no poner en peligro nuestra supervivencia con una sobreexcitación de estímulos y poder atender a las funciones básicas, mientras que con ciertos estimulantes o psicodélicos podemos alcanzar una gran lucidez, creatividad y agilidad mental que nos puede ayudar a reflexionar y darnos cuenta de cosas que en ese estado “normal” bloqueamos o no llegamos a solucionar, y a la que no podríamos llegar en ese estado de “sobriedad”. Por otra parte, por ejemplo, hay personas con niveles más altos de serotonina que otros que son más alegres o se sienten con más energía que esos otros, que podrían tener esas sensaciones y percepción del mundo que esas otras personas con ciertas drogas que elevasen sus niveles de serotonina ¿Cuál es entonces la percepción no distorsionada de la realidad, la que se deriva de un nivel "x" de serotonina o de un nivel "y"? ¿Y si variasen esos niveles de serotonina cambiando nuestra dieta (pues de hecho sí influye) también estaríamos distorsionando la realidad? 

Entendamos aquí por realidad nuestra percepción particular del mundo: tampoco así estamos aclarando gran cosa, pues ¿cuál es la percepción correcta de esa realidad? Se supone que si estoy triste y cansada por cualquier evento y le veo más el lado negativo a las cosas mi percepción de la realidad es normal (en el sentido de sobria), así como si estoy emocionada y le saco el lado positivo a todo, o si estoy enfadada por algo y todo me resulta irritante, o si simplemente soy normalmente de alguna de esas tres formas mencionadas en mi día a día. ¿Por qué si estoy en cualquiera de esos estados por causa de una droga se dice que mi percepción de la realidad está distorsionada y si estoy por otras causas no? Cuando montamos en una montaña rusa y sentimos un subidón de adrenalina, cuando nos enamoramos o cuando nos relajamos en el momento inmediatamente posterior al orgasmo, por ejemplo, podemos sentir cosas y percibir la realidad de un modo muy similar o idéntico a como lo haríamos bajo los efectos de alguna droga. Variamos, de esta forma, nuestra percepción ordinaria del mundo, igual que lo haríamos con una droga. 

Las drogas anulan tu personalidad: la respuesta a esta objeción es bastante análoga a la anterior. Pongamos que Marta es una persona que por timidez e inseguridad le cuesta mucho abrirse y relacionarse con los demás, aun cuando le gustaría hacerlo. Ha sido así toda su vida y, sin embargo, un día, ayudada por un amigo, una buena noticia, etc, se siente más desinhibida y logra relacionarse y abrirse a los demás de una forma inusual en ella: nadie diría aquí que una buena noticia o un amigo ha “anulado su personalidad”. Sin embargo si Marta se comportó así ayudada por los efectos del consumo de cannabis, alcohol, MDMA o cocaína sí considerarían algunos que estaría anulando su personalidad (y no quiero decir con esto que considere sano utilizar drogas para desinhibirse como práctica habitual) ¿no habría actuado acaso de la misma forma y por tanto modificado su comportamiento habitual de la misma forma? si cualquier otra circunstancia que no sea una droga altera su personalidad habitual (enfado, ilusión, somnolencia, cansancio, nerviosismo…) no se le recrimina que “no esté siendo él/ella mismx”, sino que se ve normal que se comporte de x forma distinta de acuerdo a x circunstancia distinta, igual que si la persona cambia con el tiempo su forma de ser no se considera que no esté siendo él/ella mismx, sino que simplemente “él/ella mismx” tiene ahora una personalidad distinta, ni más ni menos real que la anterior. Con la mayoría de las drogas que generalmente se consumen se tiene siempre un espacio de autocontrol en tanto que eres consciente de que tus percepciones pueden ser diferentes a como lo son normalmente (excluyendo quizás en algunas personas la salvia divinorum, estramonio, ketamina…) y, por tanto, no dejas nunca de ser “tú mismo”, en tanto que puedes en mayor o menor medida responsabilizarte de tu comportamiento, quizás mucho más que si, por ejemplo, te sientes muy enfadado o triste por algo que te haya pasado. 

Las drogas te alienan e impiden luchar: de nuevo se cae en el error de meter todas las drogas en un mismo saco. En primer lugar, algunos estimulantes podrían facilitar precisamente esa lucha con un uso esporádico (ya quieras decir con esto el montarla en una manifa, el hacer sabotajes, el organizar actos informativos, el escribir artículos o el realizar tareas administrativas para un colectivo/organización) al proporcionarte más energía y agilidad de pensamiento. En segundo lugar, aun en el caso de tomar las drogas para usos meramente recreativos, no veo por qué una cosa habría de ser incompatible con la otra, a menos que te dediques a luchar todas las horas del día en que no estás durmiendo y nunca te tomes un descanso para relajarte y divertirte. En caso contrario, igual que te tomas un descanso para ver una peli o pasar una tarde con tus amigos te podrías tomar un descanso para fumar cannabis u otra droga (con o sin tus amigos) sin que ello afecte lo más mínimo a la lucha/trabajo que llevas a cabo el resto del tiempo. 



*Para quien quiera informarse al respecto en alguna web donde se faciliten datos más o menos veraces sobre distintas sustancias, puedo recomendar Energycontrol.

**Cabe aclarar que el consumo de alcohol y tabaco en la sociedad occidental también es mayor al de otras sustancias, aunque no conozco la proporción. En cualquier caso, la estadística me parece interesante para desdemonizar el saco de "las drogas ilegales", sobre muchas de las cuales no se ha reportado ningún caso de muerte directa.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Gordofobia

El racismo y sexismo son dos de las pocas discriminaciones políticamente incorrectas en nuestra sociedad: poca gente admite defenderlas (lo cual no implica que no sean ampliamente comunes en formas más o menos sutiles). Sin embargo existen otras tantas “bien vistas” a las que la gente no duda en aferrarse, como es el caso de la gordofobia. 

El culto a la delgadez ejerce una importante presión sobre aquellos que no encajan con los cánones estéticos, especialmente en mujeres. Las personas con sobrepeso (o así consideradas) son objeto de constantes burlas, críticas y humillaciones. Pocas veces se sale en su defensa y, las pocas que ésta se da desde el anonimato, es bastante común que la respuesta del agresor sea un “seguro que tú también estás gordx”. ¿Hace falta ser negro para estar en contra del racismo? ¿Hay que ser mujer para ser feminista? Por otra parte, la propia observación sobreentiende la supuesta gordura de la otra persona como algo ofensivo, además de pretender, falazmente, desechar la validez de sus argumentos por el simple hecho de que el defensor pueda pertenecer al grupo atacado.

Más común que atacar a un gordo “por la cara” es hacerlo amparándose en algo hecho o dicho considerado reprobable o ridículo: si un delgado es mala persona o hace el ridículo en un video recibirá insultos por ser mala persona o ridículo. Si un gordo hace cualquier cosa reprobable abre la veda para poder ser atacado legítimamente por su sobrepeso (aunque lo que haya hecho o dicho no tenga absolutamente nada que ver). Si encima hace algo que los demás puedan considerar que lo pone en ridículo, por el mero hecho de ser gordo habrá hecho doblemente el ridículo y las críticas serán mucho más numerosas y crueles (basta ver cualquier video de youtube protagonizado por un gordo que haga o diga cualquier tontería que lo deje en evidencia –o que así pueda ser considerado por algunos). 

Cabe apuntar también que esta discriminación no se da sólo en un plano social, sino también laboral. A menudo personas tan o más preparadas que otras aceptadas para un puesto son rechazadas por causa de su sobrepeso, especialmente en trabajos de cara al público (y especialmente mujeres). Sin embargo esto no es considerado ilegítimo, como sí lo sería rechazar a alguien por su raza o por ser mujer: se da por hecho que una persona con sobrepeso es rechazable por no dar una “buena imagen” de cara al público. 

Por otra parte, a la gente gorda les son negadas dimensiones vitales y facetas para encajarlos dentro de un estereotipo de bufón eunuco que entretenga y no desagrade a la “sociedad delgada” que tiene que soportar su “falta de estética”: han de esconder su sexualidad, pues ésta le resulta obscena y ofensiva al grueso de la población; se da por hecho que sus cuerpos son asquerosos y antieróticos sin tener en cuenta preferencias alternativas: cualquier escena de unx gordx en actitud erótica o seductora sólo será utilizada en los medios audiovisuales para mofarse de su ingenuidad al pretender disfrutar de su sexualidad como puede hacerlo “la gente normal”. En cine y televisión, además, la presencia de éstos es bastante reducida, limitándose a papeles secundarios y ridículos: escasísimas veces una persona con sobrepeso es el héroe (y menos aún heroína) de una película. Pocas veces llegan al final en películas de acción/terror y mayoritariamente responden al estereotipo de torpe, tonto, cobarde y friki/graciosillo en cualquier género. 

¿En qué se basa la gente para justificar esta discriminación tan cruda? Generalmente la legitimidad de la segregación se da por hecho sin necesidad de justificarlo, pero cuando se pide una explicación es común recurrir a la salud. Las críticas pretenden ampararse en el daño físico que a la persona pueda causar el sobrepeso, daño que la persona se causa “porque quiere”, ya sea por pereza y/o avaricia a la hora de comer. En primer lugar, esa explicación del sobrepeso me parece aventurada y poco comprensiva: en muchos casos éste es consecuencia de problemas de ansiedad, así como también puede ser causado por problemas de tiroides, medicación o diferencias metabólicas (hay mucha gente delgada y no especialmente activa que come más y/o peor que otros tantos con un peso proporcional mucho mayor). En segundo lugar, siendo o no como lo pintan, ¿y qué? ¿Qué importa el daño que se hagan los demás a su salud por voluntad propia mientras no afecte a terceros? ¿Cómo puede eso justificar tal discriminación? Gran cantidad de personas tiene hábitos tan o más dañinos para su salud y no sufre discriminación alguna por ello, como fumar, comer muchos fritos o grasas saturadas, basar su alimentación en productos de origen animal, emborracharse a menudo, etc.: una vez más, los argumentos a favor de la segregación son falaces e hipócritas, y en vez de reprobar a los agresores e instarlos a ser respetuosos con los demás se anima a los agredidos a cambiar su aspecto para evitar la marginación, alabándolos con cumplidos cuando han conseguido al fin “integrarse” en la delgadez. 


PD: para quien quiera más, os enlazo esta breve y lúcida crítica en video.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Crítica de la razón monógama

Desde pequeños nos educan para jerarquizar, limitar y clasificar nuestro afecto en un conjunto limitado de etiquetas. Se establece fundamentalmente una división entre el amor hacia los amigos o amistad y el amor romántico hacia una persona, amor considerado a menudo el más fuerte y verdadero. Con este tipo de sentimiento, además, se dan por hecho una serie de normas: sólo puedes sentirlo por una persona, viene acompañado de un sentimiento de posesividad romántico-sexual y requiere de un sacrificio por ambas partes. Tanto es así que las personas que no lo sienten de esa forma son a menudo discriminadas, ya no sólo legalmente (pues no puedes casarte o establecer como compañero sentimental a varias personas) sino socialmente, considerando que no han encontrado a la persona adecuada o no están verdaderamente enamoradas. 

En primer lugar, la creencia de que sólo puedas sentir aquello denominado amor romántico por una sola persona me parece algo bastante castrante y, en la mayoría de los casos, falso. Lo más común entre las personas que se sienten monógamas no es tener una única relación romántica para toda la vida, sino varias. Tampoco es poco común que esas personas se encuentren en algún momento de su vida en una encrucijada emocional en la que deban elegir entre dos o más personas que le gustan a aquélla con la que mantener finalmente una relación romántica. Pongamos, pues, que una persona se encuentra en una relación de pareja con alguien a quien quiere y aparece en su vida otra persona de la que se acaba enamorando: ¿Cómo se encaja eso con una forma de sentir supuestamente monógama? ¿Se borra de golpe todo el amor que sentías por esa persona con la que llevabas tanto tiempo compartiendo tu vida porque aparece otra que la sustituye? ¿Habías estado engañado hasta el momento creyendo que ese era el “amor de tu vida” porque ha aparecido otra persona que te atrae de esa misma forma? Y, si la cambias por la otra persona y luego aparece otra, ¿habías estado engañado otra vez y así ad infinitum? 

En segundo lugar, el tema de la posesividad es algo que también se vincula a menudo intrínsecamente al sentimiento de amor romántico. Se considera que querer a alguien de verdad implica querer limitarlo sexual y emocionalmente, querer que “sea sólo tuyo”, pero ¿la exclusividad es un ideal al que se aspira o algo que de hecho tiene lugar? En mi experiencia, no he conocido a nadie que por encontrarse en una relación monógama haya visto su libido totalmente anulada para con toda persona que no sea su pareja sentimental, sino que simplemente se reprime para no hacerle daño ¿Qué sentido tiene entonces esa exclusividad? ¿Qué diferencia hay entre desearlo y hacerlo? Una persona no es monógama sólo porque al estar en una relación de pareja con otra persona reprima sus deseos de estar con otras, sino que lo es solamente si de hecho no quieren estar con nadie más que con su pareja. Si a mí sólo me atraen las mujeres pero nunca he estado con una por miedo a la marginación social no por ello dejo de ser lesbiana, del mismo modo que que si me atraen sexualmente otras personas aparte de mi pareja y/o me masturbo pensando en ellas pero no mantengo relaciones con ellas por miedo a las consecuencias no por ello soy fiel a mi pareja, desde el punto de vista de la exclusividad afectivo-sexual. 

Este deseo de posesividad y circunscripción de la libertad del otro se conoce a menudo como celos. Cabría aclarar aquí la definición correcta de este término, desde mi punto de vista, pues a pesar de ser algo tan común es igualmente común utilizarlo de forma incorrecta, confundiéndolo con la envidia: sentir celos es desear que una persona no disfrute de algo, aun cuando el no hacerlo no supusiese disfrutarlo tú mismo. En este caso, los celos implican desear que una persona no se relacione con otra en un plano afectivo-sexual, querer que únicamente mantenga ese tipo de relación contigo o preferir que no lo haga con ninguno antes que con el otro, en caso de no tener tú ninguna posibilidad. La diferencia fundamental con la envidia es que esta última sólo desearía una situación más favorable para ti mismo, no la evitación de un bien menor o igual para la otra persona, es decir: si mantienes una relación con una persona y esa persona encuentra a otra con la que empieza a mantener una relación, el sentimiento sería de celos si tú deseases que abandonase la relación con esa persona aunque la vuestra no cambie lo más mínimo por esa nueva relación, pero sería de envidia si únicamente deseases que acabase su relación (o fuese menos intensa) porque implica un descuido de la vuestra, veros menos por quedar con la otra persona, etc. La diferencia se ve más claramente cuando las personas o cosas implicadas no lo están por una relación romántica: por ejemplo, se podría sentir envidia por un nuevo trabajo o afición de la pareja que restase mucho tiempo a vuestra relación, pero no son comunes los celos en ese caso: sólo se busca que las aficiones/trabajo del otro no reste tiempo e intensidad a la relación, no que no se practiquen en ningún caso. 

Los celos son generalmente consecuencia de las inseguridades y miedo al abandono, pues una relación monógama requiere estar alerta para anticiparse a los sentimientos que pudieran aflorar en la otra persona, ya que si encuentra y se llega a enamorar de otra persona, la relación se acabará contigo. En una relación poliamorosa sana, sin embargo, este miedo e inseguridades pueden eliminarse, pues en ningún caso la aparición y enamoramiento de nuevas personas supone el fin ni deterioramiento de ninguna relación anterior: nadie más que los propios implicados pueden acabar con esa relación, y no tienes que cargar con la presión y el miedo de ser suplantado. En mi opinión, el amor por alguien no es sustituible ni guardamos tampoco una cantidad de amor limitado que se vea reducido en función del número de divisores a repartir. Cada persona, para mí, es irremplazable, me transmite un sentimiento distinto y los quiero (en caso de que los quiera) de una forma distinta. Mi amor por la persona con la que me encuentro en una relación poliamorosa actualmente es tan fuerte como el que podría sentir cualquiera en una relación monógama convencional y sin embargo no siento ninguna necesidad ni deseo de limitar sus otras relaciones: sólo sabiendo que tiene toda la libertad para estar y sentir lo que quiera por quien quiera y que a pesar de ello no me deja nunca de lado sé que verdaderamente me quiere y no sigue conmigo por miedo a no encontrar otra persona mejor o estar solo. 


Por último, veo también en mi experiencia que las relaciones monógamas son, por lo general, muy poco sanas: se basan en el sacrificio mutuo por el otro, renunciando a tu individualidad. Cuanto más “seria” se considera una relación más se funden ambos en una sola entidad: la de la pareja. Las personas emparejadas suelen dejar o desgastar con el tiempo las relaciones con sus amigos y, fundamentalmente, se privan bastante de quedar con ellos a solas: se da por hecho que los amigos de uno han de serlo también de su pareja, y si la cosa no parece muy compatible con determinados colegas han de dejarse de lado. Las vacaciones son siempre en pareja, las decisiones personales se toman o como mínimo se consultan con la pareja, etc. Es común ir a sitios, quedar con gente o hacer cosas que no te gustan por la otra persona, en lugar de ir a los sitios, quedar con la gente o hacer las cosas que a cada uno le gustan por separado, en el caso de que no coincidáis en esos gustos. Todo ello da lugar a una limitación de la libertad individual (además de la anteriormente explicada), un “dar por hecho” cosas que en teoría debería hacer o decir la otra persona, reproches por no querer hacer cosas que en teoría deberíais compartir y mentiras para evitar esos enfados y reproches, ocultar la atracción que podrías sentir por otras personas, etc. 

Aclaro, para finalizar, que con esto no digo que las relaciones monógamas, por definición, tengan que ser de esta forma, sino que por lo general las relaciones monógamas convencionales sí son así. Tampoco pretendo enseñar a nadie cómo debe vivir su vida amorosa, sino sólo exponer mi opinión personal sobre el tema y mi perspectiva y forma de sentirlo. 

viernes, 24 de agosto de 2012

De putas y prostitución

Querría dejar claro antes de empezar que con mi crítica al paternalismo, victimización y menosprecio de las prostitutas por parte de quien dice defenderlas me refiero a con respecto a aquéllas que deciden por propia voluntad ejercerla. Soy consciente de que estas personas son una minoría, pues la mayoría lo hacen por extrema necesidad o esclavizadas. Sin embargo, el que la mayoría de las personas que confeccionan ropa lo hagan bajo condiciones insalubres y de extrema explotación no implica que no haya o pueda haber gente que confeccione ropa en buenas condiciones porque prefiera y elija libremente (dentro de "libertad" que el capitalismo nos deja) ese trabajo. En cualquier caso, esta reivindicación no implica que no le vea sentido a la abolición de la prostitución por cuestiones estratégicas (para ayudar a esa mayoría): no tengo clara mi posición al respecto de su estatuto legal.

Vivimos en un país donde la industria del sexo (prostitución, películas, revistas o webs pornográficas, masajistas o líneas eróticas…) mueve 18.000 millones de euros anuales y, según se estima, un tercio de la población masculina acude o ha acudido alguna vez a trabajadoras sexuales. Sin embargo, las prostitutas siguen manteniendo un duro estigma que las victimiza, criminaliza e invisibiliza.

A menudo se siente lástima por las trabajadoras del sexo en tanto que son consideradas víctimas que necesitan ser salvadas, mujeres condenadas a ejercer la prostitución por una situación terriblemente desfavorable y que necesitan ser reinsertadas en la sociedad con un trabajo digno. Por supuesto, existen mujeres víctimas de la trata de personas que son obligadas a ejercer la prostitución en una situación de esclavitud: según las estimaciones de las Naciones Unidas alrededor de 270.000 personas son víctimas de la trata en Europa (si tienes alguna sospecha sobre trata de seres humanos en alguna persona que ejerce la prostitución, puedes seguir los pasos o llamar al número que encontraréis en esta página del colectivo Hetaira).

También en el caso de algunas transexuales, inmigrantes o toxicómanas, éstas podrían verse prácticamente obligadas a ejercer la prostitución ante la imposibilidad de optar a otros puestos de trabajo debido a la discriminación que sufren, pero ahí el problema estaría en la falta de opciones por la discriminación de éstos y otros colectivos, no en la opción en sí. Si bien debido al estigma social que acompaña a esta práctica o a los peligros que puede entrañar a la mayoría de las mujeres (u hombres) les resultaría algo denigrante de lo que desearían escapar, a otras mujeres y hombres sin esos prejuicios sexuales o con mayor facilidad para llevar a cabo esas prácticas les gusta o prefieren ese trabajo a otros tantos entre los que han podido elegir. Es probable que muchas de ellas decidiesen abandonar la prostitución si le ofreciesen otro tipo de trabajo con mejores condiciones, pero ¿no es acaso lo mismo que podría hacer un camarero, una asistenta, un barrendero o una peón de obras públicas? Muy poca gente tiene un trabajo que le guste y con cuyo sueldo y condiciones esté satisfecho ¿por qué la situación es tan distinta en el caso de las prostitutas -que eligen libremente serlo- como para que merezcan una lástima mayor? Si han elegido ejercer ese trabajo entre otros que podrían haber elegido pero les convencían menos significa que no consideran que su trabajo sea el peor que se puede ejercer y, por tanto, considerarán que las mujeres y hombres que trabajen en aquellos puestos que ellas han rechazado están más explotados que ellas.

Trabajar como prostituta callejera o mediante anuncios entraña riesgos: de contagio de ETS, de robos, de violencia o acoso, etc, pero también tiene ventajas en relación a otros empleos: eres autónoma sin realizar una inversión y tienes total libertad para establecer tus tarifas y horarios o negarte a realizar un servicio. En cuanto a los riesgos mencionados, estos no son algo intrínseco y exclusivo al trabajar como prostituta: un hombre y mujer muy promiscuos podrían mantener más relaciones sexuales con gente distinta que una prostituta, con lo que el riesgo de contagio de ETS podría ser mayor y, por otra parte, sin necesidad de ser muy promiscuo es un hecho que muchos hombres y mujeres mantienen relaciones sexuales sin protección, o utilizando como protección con varias personas un método anticonceptivo que no es de barrera, de forma que el riesgo de contagio de ETS sería mucho mayor que el de una prostituta que utilizase siempre preservativos.

En relación a los robos, la violencia y acoso, si bien el estigma social puede hacer que lo sufran más que en otros empleos (contra lo cual se lucha desde las organizaciones que piden derechos laborales para las trabajadoras del sexo), curiosamente muchas de las prostitutas de las que eligen libremente su trabajo (y que, por tanto, se "harán respetar" bastante más que aquellas que se vean obligadas a ejercerla) denuncian que la mayor parte de la violencia y acoso que sufren tiene lugar por parte de los policías y otras instituciones, no de sus clientes. Muchas son multadas de acuerdo a ordenanzas que van en contra de leyes superiores, acusándolas de un “uso indebido de la vía pública” sin estar ejerciendo allí sus servicios, sino sólo por hablar con sus clientes (¿es delito hablar en la vía pública? o, incluso especificando más ¿es delito pactar verbalmente en la vía pública por un servicio que se realizará en un recinto privado?).


Otro tipo de violencia, además de la que puedan recibir de sus clientes, es la violencia por parte de la sociedad. Como dice Ana Fábregas, trabajadora de GENERA, “si una es puta, es puta las 24 horas”. Una fontanera, camarera, electricista o empresaria tienen una jornada laboral durante la cual desempeñan su oficio y fuera de ello, en su vida privada, son personas. Para mucha gente, sin embargo, una puta es siempre una puta, nunca una persona, como si su jornada laboral nunca terminase y como si ambos conceptos (puta y persona) fuesen excluyentes. Ello es lo que lleva muchas veces a pensar que por dedicarse al trabajo sexual una mujer tiene que aceptar cualquier oferta y no puede negarle un servicio a un cliente: ¿acaso una carpintera no puede negarse a un trabajo si no le convence el precio o las condiciones? ¿O una canguro si no puede soportar a los niños a su cargo?

Por otra parte, se habla de su trabajo como “vender su cuerpo”, como algo denigrante para la mujer y un acto de violencia machista por parte del cliente: ¿acaso no vende su cuerpo la masajista que utiliza sus manos o pies para proporcionarle un placer de otro tipo al cliente, o la peón de una obra que transporta grandes pesos? El cuerpo es utilizado en todos los empleos de una forma u otra para llevar a cabo un trabajo, a veces ofreciendo un servicio directo con él (masajista, modelo…) y a veces indirecto (cocinera, zapatera, dependienta…). Por tanto, no se trata en ningún caso de “vender” o “alquilar” un cuerpo, sino un servicio con el cuerpo (como muchos otros servicios).

Por último, me parece importante hablar también de aquéllos que demandan estos servicios, estigmatizados a menudo como el verdugo. Dado que el sexismo y la cosificación de la mujer como objeto sexual es algo bastante extendido en nuestra sociedad, imagino que esto también será común entre aquellos que demandan servicios sexuales, pero no necesariamente. Un hombre puede pagar a una prostituta y tratarla con desprecio, considerando que por vender un servicio sexual con su cuerpo no vale más que un cuerpo, y por tanto tiene poder para utilizarlo a su antojo, pero lo mismo puede pasar con un hombre que contrata a una modelo, por ejemplo; y sin necesidad de ser un trabajo que implique de esa forma el cuerpo, un hombre (o mujer) podría tratar con desprecio a cualquier otra trabajadora en su puesto de trabajo sin valorar que detrás de ese servicio hay una persona, por ejemplo a una camarera, asistenta del hogar o teleoperadora de Movistar. En cualquier caso, como he dicho, contratar una puta no implica valorar a la mujer que contratas como un simple coño sin tenerla en cuenta. Se puede ser putero y ser antisexista, siempre que se trate a la prostituta con respeto y se busque contratar sólo a aquellas que lo sean por voluntad propia y no como esclavas sexuales.

Y, para terminar, os dejo con un documental muy interesante sobre el tema: La hipocresía del deseo.

lunes, 13 de agosto de 2012

Violencia de género: la cosificación de la mujer

A menudo se habla de violencia de género como una agresión física o verbal de un hombre hacia una mujer, generalmente siendo su pareja o expareja sentimental. En primer lugar cabría mencionar que no siempre que un hombre agreda a una mujer el móvil de la agresión ha de ser el género, al igual que sí podría serlo, aunque se da en menor proporción y de distinta forma, en el caso de una mujer que agreda a un hombre. En cualquier caso, me remito a esto para señalar una condena del sexismo muy miope que ignora el porqué de todas esas agresiones, pues en una sociedad igualitaria la violencia entre dos sexos no se daría por cuestiones de género.

La violencia se ejerce de muchas maneras y en muchos casos no se presenta como un insulto, sino como un cumplido. Nuestra sociedad está dividida en dos grupos de personas con dos grupos de características complementarias y contrapuestas: los hombres como racionales, potentes, fuertes, valientes, estables, claros y seguros; las mujeres como emocionales, débiles, miedosas, inestables, retorcidas e inseguras, pero sobretodo bonitas. Las mujeres son “el sexo bello”, la decoración u objeto en contraposición al sujeto (hombre). Ellas son un cuerpo mientras los hombres son una mente, y esta identificación simbólica no ha cambiado mucho desde hace más de medio siglo, por mucho que la situación legal haya mejorado enormemente.

Una ojeada a los anuncios nos muestra una clara utilización del cuerpo femenino como reclamo erótico, mujeres reducidas a culos, piernas esbeltas, vientres planos o labios entreabiertos que saborean un producto con cara de placer sexual. Todos esos anuncios están dirigidos a un público masculino heterosexual, pero también a un público femenino heterosexual que proyecta en ellas una imagen ideal de sí mismas vistas desde ojos masculinos. Las mujeres no buscan así su propio ideal de personas, sino que quieren ser lo que los hombres quieren que sean, lo que buscan ver en ellas como obra artística u objeto erótico, esto es, las mujeres sufren socialmente una heteroidentificación. Además de esta cosificación erótica de la mujer es destacable la fuerte presencia de los estereotipos en ese y otros ámbitos como los dibujos para niñ@s, las revistas o incluso los periódicos, las películas o los videojuegos. Con respecto a esto último, Anita Sarkessian había creado un proyecto para denunciar los estereotipos de las mujeres en ellos, presentadas siempre con arquetipos como el de “compañera sexy” o “dama en apuros”, por el cual recibió numerosas amenazas y acoso por internet de formas diversas. Resulta también relevante la imagen que se desprende de las mujeres en las revistas “femeninas”, pues la información se distribuye mayoritariamente en relación a cuatro ámbitos: doméstico (decoración, cocina, limpieza), privado (belleza, cuidado del cuerpo), banal (cotilleos) y de relaciones (interpersonales, de pareja o familiares). Es especialmente remarcable este refuerzo de los estereotipos en las revistas femeninas para adolescentes, centradas en el logro de la belleza, la seducción y el romance, la moda y el sexo heterosexual. En las noticias y periódicos, aunque más sutilmente, la consideración inferior de la mujer también se hace visible con una mucho menor presencia especialmente en secciones de economía, política, opinión y sobretodo deportes, con una casi total invisibilización de las deportistas y los equipos femeninos. Esta invisibilidad de la mujer se hace también bastante patente en las películas con tres sencillas preguntas: el Test de Bechdel.

A esta invisibilidad, menosprecio y cosificación hay que añadir, por supuesto, otros importantes factores que complementan el caldo de cultivo de la violencia supremacista de género: la educación en el ideal del amor romántico como principal (o casi principal) aspiración en la vida de toda mujer, así como la indefensión aprendida resultado de las expectativas de su género: sumisión, comprensión, empatía, solidaridad, obediencia, abnegación en el cuidado de los hijos, pasividad, rechazo de la violencia...


Reducidas a objetos eróticos o floreros como guapas, mudas y prescindibles azafatas en numerosos programas-concurso, valoradas únicamente por el físico y escasamente por sus capacidades intelectuales, complementos del hombre y prácticamente invisibles en todo lo que representan actos trascendentes: ésta es la violencia de género, la violencia psicológica que origina la agresión física. Es un maltrato sutil que presiona a las mujeres a ser mejores floreros en vez de mejores personas: maquíllate, pues tus rasgos al natural son bastos; adelgaza, pues los kilos de más son humillantes, asquerosos y vergonzosos; depílate, pues tu vello corporal es de mal gusto y antihigiénico; ponte guapa, pues tu calidad humana se mide por tu capacidad de seducción. No hace falta verbalizarlo para que se dé un maltrato, pues la orden ya está encima de la mesa: la amenaza con la marginación social. Que el maltrato se personalice más explícita y duramente en un individuo concreto como pareja sentimental es sólo el último eslabón de la cadena, la punta del gran iceberg.

lunes, 6 de agosto de 2012

Especismo entre antiespecistas

“No me siento superior por ser vegana. Lo cierto es que soy 
vegana porque no me siento superior a nadie” - Michele McCowan

Es común entre nuevos veganos pasar por una etapa fundamentalista o intransigente (y a veces no tan nuevos ni tan etapa): primero se preguntan cómo han podido “estar tan ciegos” de no hacer ciertas conexiones y se esfuerzan por informar a los demás para que cambien su perspectiva; después, no obstante, tras varias decepciones algunos desarrollan algún tipo de amnesia retrógrada que les impide recordar que hasta hace no mucho ellos eran especistas, y consideran a los que lo son como unos asesinos hijos de puta que disfrutan haciendo sufrir a los animales. Esta actitud es perniciosa fundamentalmente por dos motivos: es especista y perjudica a los animales. 

En primer lugar, las generalizaciones siempre son injustas con los individuos que conforman los grupos. Es común atacar a “los humanos” como culpables de las torturas que sufren algunos animales; “me avergüenzo de ser humana” o “los humanos hacemos tal y cual”: ¿Por qué esta actitud no es vista como discriminatoria y especista cuando se está condenando a todo un colectivo por los actos de unos de ellos? Si alguien dijera que las lesbianas son todas unas zorras manipuladoras se le tacharía automáticamente de homófobo, igual que sería machista que una tía dijera que se avergüenza de ser mujer porque las mujeres son unas frívolas interesadas o sería racista que otra persona afirmara que los negros roban coches. Sin embargo sí hay lesbianas manipuladoras, mujeres frívolas e interesadas o negros ladrones, al igual que hay humanos (en general) cabrones, pero ser manipulador, frívolo, ladrón o cabrón no es nunca algo intrínseco de ser lesbiana, mujer, negro o humano, respectivamente. 

En la misma línea está la xenofobia al atacar a una etnia por las tradiciones o actividades de algunos de los individuos de la misma (a los chinos por comer perros, a los canadienses por apalear focas…), aunque esto es más común entre mascotistas que entre veganos, pues los últimos suelen tener más claro que no hay diferencia entre comer perros en China o cerdos en España. 

En segundo lugar es especista porque crea una especie de salto cualitativo entre los humanos y el resto de animales, el mismo salto que los antiespecistas critican: no se juzga a un gato por matar a un ratón o a un oso por comerse un salmón, ya que ellos “no pueden razonar”; sin embargo el humano se considera un ser razonante que nace razonando, y que debería razonar por tanto trascendiendo toda su educación para oponerse a la explotación animal. Para empezar no creo que el veganismo sea el “camino verdadero” ni creo en la existencia de la corrección o verdad en términos morales, sino si acaso en la coherencia con unos principios. Soy vegana porque tengo la capacidad de sentir empatía por el resto de animales y, por ello, los puedo considerar mis iguales en términos de sufrimiento, pero el no tener esa capacidad de empatizar no te convierte en un monstruo (¿cómo puede ser moralmente malo no tener una capacidad para hacer algo?). Muchos otros animales pueden sentir empatía, y un gato podría no matar a un ratón por sentir una empatía hacia él mientras que otro podría no tenerla y dejarse llevar por un instinto o apetencia. Con esto no estoy justificando nada, sino simplemente intento entender cómo y por qué actúan los demás, y no dejarme llevar por el camino fácil del insulto. En segundo lugar, creo que ya se ha evidenciado que no considero a los humanos nada radicalmente distinto del resto de animales, y por tanto no creo que exista ser alguno puramente razonante, sino que todos los animales que no estamos totalmente determinados por un instinto invariable lo estamos en mayor o menor parte por nuestras experiencias, educación, cultura, etc. Si viviéramos en una sociedad vegana o simplemente con una mayor consideración por los demás animales, el número de veganos que la conformarían sería infinitamente mayor. Y de nuevo recuerdo que muchos de nosotros, hasta hace unos meses o años, nunca antes habíamos hecho la conexión con el resto de animales, o incluso muchos veganos probablemente habrán defendido antes del cambio los argumentos que ahora considerarán falaces o prejuiciosos. Con esto no estoy diciendo que no haya especistas mezquinos y maleducados (igual que hay veganos así), algunos incluso que atacan a los veganos por el mero hecho de serlo. Pero incluso una persona directamente relacionada con la explotación animal (ganadero, torero, matarife, peletero) puede cambiar su perspectiva, pues al fin y al cabo no hacen más que seguir el legado de una misma educación especista con la que nosotros también hemos sido educados. 

Por último, si todo esto no te convence y sigues odiando a la humanidad hay un factor más a tener en cuenta en tu comportamiento: el daño a los otros animales. Ponte en el lugar del otro, de ser una persona que nunca antes se ha planteado el trato a tener con los otros animales, lo que come o lo que viste, y que por tanto tiene muchas dudas al respecto y cierto recelo ante lo que rompe por completo su esquema de valores: ¿cómo crees que se puede sentir esa persona ante los insultos, las acusaciones de asesino y la culpabilización? Lo más probable es que se cierre en banda y no escuche tu mensaje. Y lo peor es que, por desgracia, muchas veces somos un referente de la idea que defendemos: muchos omnívoros se encuentran con uno o varios veganos arrogantes y deducen de ello que los veganos por definición son arrogantes; se cierran al mensaje por culpa de un mal mensajero (y de ahí mis “precauciones para una correcta comprensión”). Muchas veces una actitud de “superioridad moral”, aun inintencionada, hace que el otro se sienta aludido ante una acusación implícita, un “tú eres culpable de esto, estás equivocado y yo estoy en lo cierto, haz lo que yo te digo”, desencadenando con esto una actitud defensiva que muchas veces se materializa en un “las plantas también sienten” o “tú también matas animales”, etc. Por supuesto, algunos se pueden sentir atacados y responder a la defensiva porque sí, o porque quizás les remuerda la conciencia ante la duda de no estar actuando de acuerdo con su ética y sientan miedo de que se venga abajo todo su esquema de valores, pero ello no implica que no debamos evitar estos conflictos con una actitud educada y comprensiva. 

sábado, 28 de julio de 2012

El derecho al aborto

Aprovecho, por su actualidad en España, para tratar el tema del aborto que, supongo, no está exento de polémicas, sobretodo por oponerme no sólo a los pro-vida sino a muchas pro-elección, dadas las campañas que se erigen desde ambas posiciones.

Para empezar no parece haber mucho entendimiento en la discusión, como en el debate taurinos-antitaurinos en que los defensores de la práctica alegan, ante la crítica acerca del sufrimiento del toro, que quien no quiera no vaya a verlo. Los detractores del aborto arguyen que éste es un asesinato de un ser con derecho a la vida, mientras que los defensores contraatacan demasiado frecuentemente con un “es mi cuerpo y hago con él lo que me da la gana”. El argumento de que las mujeres deciden porque son las que tienen el útero me resulta bastante confuso: en primer lugar no hace más que reforzar la idea de que el feminismo es cosa sólo de mujeres, pues ignora la opinión de los hombres por no compartir sus genitales (cuando muchos hombres son pro-elección, al igual que los propios de un país pueden ser antixenófobos con los inmigrantes); en segundo lugar, incluso excluyendo la opinión de los hombres nos encontramos con que muchas mujeres son anti-abortistas, no sólo en relación a lo que decidirían ellas mismas sino a lo que legislarían. Ellas no lo consideran una cuestión personal sino un conflicto ético para con otro individuo: el feto. Y es que la cuestión no es que sea o no el cuerpo de nadie, sino si en el conflicto de intereses entre el feto y la mujer tiene mayor peso el de ella, o si no existe siquiera tal conflicto.

En primer lugar habría que definir qué es o no es una persona (desde el punto de vista psicológico) y, consecuentemente, si el embrión-feto es o no es una persona. La definición más fácil es contestar que una persona es un ser humano, pero esta definición es errónea, antropocéntrica y no nos soluciona gran cosa. Siendo precisos, persona hace referencia a un individuo con personalidad propia, diferenciado del resto por su consciencia individual. Esta consciencia implica que el medio no le es indiferente, es decir, que puede experimentar experiencias que le serán beneficiosas o perjudiciales, en función de las cuales generará unos intereses. De acuerdo con esto: 1) No todo ser humano es una persona, pues los individuos con muerte cerebral o difuntos, por ejemplo, pertenecen a la especie humana, pero ya no tienen consciencia 2) No sólo los seres humanos pueden ser personas, sino también todo animal no humano con consciencia propia (mamíferos, aves, reptiles, etc).

Y siguiendo este mismo punto ¿Sólo las personas merecen consideración ética? Desde mi punto de vista claramente sí, pues sólo alguien que pueda generar intereses tiene unos intereses a tener o no en cuenta: una planta, un muerto o una bacteria no tiene un centro psicológico (o ya no activo, en el caso del muerto) con el que generar intereses, por lo que no hay interés suyo alguno que podamos respetar.

Una vez aclarado esto, la pregunta sería si el embrión-feto es o no una persona, y por tanto si es o no alguien a tener en cuenta: de acuerdo con los actuales conocimientos neurobiológicos el feto no puede ser considerado una persona hasta el tercer trimestre del embarazo. Sólo a partir de la semana 24 podría experimentar dolor y, por otra parte, se considera altamente probable que en el interior del útero el feto no se encuentre en un estado de vigilia sino que, por el ambiente químico en el que se halla, se mantendría en un estado de inconsciencia como de sueño o sedación (fuente).

De acuerdo con esto, ante la situación de una mujer que decidiera abortar no habría conflicto de intereses alguno al menos hasta el sexto mes, pues el embrión-feto no es todavía un ser sintiente-consciente y, como tal, no tiene interés alguno que se pueda ver violado con la decisión de la mujer.

Por supuesto, alguien puede intentar rebatirme esto con otros estudios de “evidencias científicas que prueban que” el feto-embrión sí es consciente desde el principio y puede experimentar experiencias dentro del útero. Quien tenga tal información que la aporte sin problemas, estoy abierta al debate. Sin embargo, hasta ahora no he encontrado nada sobre esto realmente fiable, sino más bien falacias que asimilan la influencia de los estímulos externos en el desarrollo del feto a una respuesta consciente por parte de éste. No soy ninguna experta en biología ni mucho menos, pero creo que esa “respuesta” del feto es comparable a la “respuesta” de un geranio cuando le pones música: todo organismo vivo se ve afectado por el entorno en que se encuentra, con el que necesita relacionarse de alguna forma para mantener esa vida. Por ello, las plantas pueden reaccionar químicamente a las vibraciones de la música al igual que lo hacen al agua o al sol con la fotosíntesis o el fototropismo, lo cual por supuesto afecta a su desarrollo pero, no obstante, ello no implica que las plantas puedan ser conscientes de esos procesos, que puedan desear o rechazar nada. Del mismo modo, el desarrollo de un feto puede verse afectado por los ruidos externos que puedan llegar hasta el útero, la actividad de la madre o la comida que digiera, pero ello no implica que pueda ser consciente de todo eso, que tenga consciencia alguna que le permita percibir como sujeto y verse afectado positiva o negativamente por esas percepciones. En cualquier caso, creo que el debate giraría en torno a a partir de qué mes el feto podría empezar a sentir (y, por tanto, hasta que mes la mujer podría abortar sin ir contra sus intereses), no a que el mismo cigoto ya tenga o no capacidad de hacerlo.

Otro argumento recurrente es que el cigoto, embrión o feto es una persona en potencia, e impedir este desarrollo es como matar a la persona (o algo por el estilo). Poco tengo que decir al respecto, porque no le veo mucho sentido a tal afirmación: ¿por qué deben protegerse los cigotos-embriones-fetos como personas en potencia y no los óvulos o espermatozoides? No creo que el hecho de que un cigoto ya sea la unión de ambos y por tanto un inicio (que no EL inicio) del proceso de formación sea realmente algo relevante, pues ese cigoto no es autónomo: el cigoto no crece por sí mismo hasta convertirse en persona, sino que además de la unión de un óvulo y un espermatozoide se necesitan una serie de circunstancias favorables y nutrientes en el útero materno para que continúe así, que es responsabilidad de la mujer aportar o no. Siguiendo ese mismo razonamiento, cada vez que una mujer menstrúa sería responsable por no haber copulado sin protección con hombres fértiles de haber frenado un proceso de crecimiento de una persona que ya se había iniciado en su útero con los aumentos de las hormonas pertinentes, la maduración del óvulo y la preparación del endometrio para la implantación del óvulo fecundado.

A modo de paréntesis, decir también que con todo lo anteriormente explicado estoy argumentando también el por qué una postura pro-abortista no sería incompatible con una filosofía de vida vegana y, por tanto, respaldar ambas cosas no es hipócrita: el veganismo implica la consideración ética de todos los individuos con capacidad para sufrir y disfrutar. Supone un respeto por los sujetos con intereses, no por la vida en sí ni tampoco por la vida en potencia.


Adyacentemente a esta postura de base antiabortista se encuentra la de aquellos que aceptan o toleran el aborto sólo en dos supuestos: en caso de violación y en caso de malformaciones o disfunciones intelectuales en el feto. 

El primer caso pone en evidencia que para estos antiabortistas lo que realmente les importa no es el embrión-feto, sino el control del cuerpo de la mujer. En tanto que se culpabiliza a la mujer por tener relaciones sexuales sólo se le permite a ésta no sufrir su “castigo” si estas relaciones fueron contra su voluntad: si has mantenido relaciones sexuales consentidas te jodes y aguantas las consecuencias; si no fueron consentidas, te dejamos librarte de esas consecuencias ¿Cómo se entiende de otra forma que el indefenso embrión-feto cuyo derecho a la vida tanto se preocupan por defender pase ahora a poder ser legítimamente asesinado sólo porque su madre ha sufrido una agresión? ¿Qué culpa tendría ese embrión-feto de que esa mujer sea violada? Por ello, o bien la cuestión es la culpabilización y control del cuerpo de la mujer, o bien una especie de ley de Talión desfocalizada, algo así como un “como te han roto las piernas te dejamos que mates a tu hija de 11 meses, porque que te rompan las piernas es una putada, así que se te permite desahogarte con otro”, lo cual es más absurdo todavía, por lo que me inclino a concebirlo como la primera opción. 

El segundo supuesto muestra también su hipocresía, al menos en la mayoría de los casos. Si partimos de la base de que los embriones o fetos humanos son (para ellos) individuos con el mismo valor moral que los ya nacidos, y se acepta el abortar a esos embriones o fetos en caso de malformaciones o disfunciones intelectuales, esto trae como consecuencia inevitablemente que esas personas están a favor de asesinar legítimamente a cualquier individuo con disfunciones intelectuales o malformaciones (ya nacido, vaya). Y lo que es más, no sólo se debería aceptar esta muerte de forma eutanásica tras preguntarle a los individuos en cuestión si la desean, sino que darles muerte sería legítimo con o sin su consentimiento, pues al fin y al cabo al embrión-feto nadie le pide consentimiento, sino que se decide por él qué es lo mejor. Quien estuviera a favor de esta eugenesia radical no pecaría de contradicción alguna al aceptar el supuesto de malformaciones o disfunciones como legítimo para provocar un aborto; no obstante, para la mayoría de los individuos -que no estarían a favor de esta medida- , se hace evidente que la consideración moral que se tiene por el embrión-feto no es la misma que por el individuo ya nacido, y por tanto no consideran a los embriones-fetos plenos seres humanos que haya que respetar, al igual que los pro-elección. 

jueves, 19 de julio de 2012

Haz el amor, no bebés

Parece, en nuestra sociedad, que tener hijos en el destino natural de cualquier persona: aquel que decide no ser padre/madre ha malogrado su vida por haberse perdido una experiencia tan emocionante y gratificante. Esto lleva a que muchas veces se tengan hijos “porque toca”, ya sea porque lo manda Dios, la presión social, el reloj biológico, la economía o la pareja. Por ello quisiera explicar en este espacio mis razones para no procrear, razones que probablemente comparta con mucha más gente que ha tomado la misma decisión:

Por respeto a los animales y/o ecología: en octubre del 2011 se calcularon aproximadamente 7000 millones de seres humanos en el mundo, de los cuales cerca de un quinto vive en países desarrollados. Cada uno de esos individuos, en general, consume una gran cantidad de recursos y genera un elevado porcentaje de contaminación a lo largo de sus vidas para mantener este estilo de vida: transporte, electricidad, internet, consumo de agua, combustibles fósiles, consumismo, agricultura intensiva…todo esto independientemente de la adopción o no de un estilo de vida vegano, que por supuesto reduce de forma muy significativa la huella ecológica y especialmente la cantidad de sufrimiento y muertes de animales (que, por cierto, que alguien sea vegano no implica que sus hijos, o nietos, vayan a serlo). Por todo ello, la acción más antiecológica que puede hacer una persona media del primer mundo es procrear, con lo que podría dar lugar no sólo a ese nuevo foco de contaminación que supone un nuevo individuo sino también al de las siguientes generaciones que muy probablemente también querrán experimentar sus hijos y luego sus nietos, pues la población crece de forma exponencial. Todo ello no hace más que acelerar el cambio climático, la erosión de los suelos, la desertificación, la destrucción de los hábitats y, con todo esto, empeorar las condiciones en las que se encuentran los animales salvajes provocándoles mayores sufrimientos y dificultades (y aumentando el sufrimiento y las muertes de todos los animales explotados para consumo).

Por él/ella: traer un nuevo individuo al mundo es sacarse de la manga un nuevo ser sintiente, hacer nacer a alguien que nunca pidió la existencia ni tenía el más mínimo interés en ella, pues no existía. Desde mi punto de vista, hacer esto vuelve a los progenitores (o progenitor/a) responsables de por vida de hacerles la vida lo más agradable posible a ese nuevo individuo que está ahí únicamente por su capricho, y no sólo hasta los 18 años como algunos mantendrían. La legalidad no tiene que ver aquí con la legitimidad o moralidad, pues podría en otro país establecerse el límite de responsabilidades legales de los padres hacia sus hijos en los 5 años, sin que por ello consideremos aceptable que un padre y/o madre se desentienda de su hijo a esa edad; o podría también establecerse hasta los 25 años o no haber ningún tipo de ley al respecto, y tampoco parecería “moral” para la mayoría que una mujer abandonase en un contenedor a su hijo recién nacido. La cuestión es que la persona que se ha traído a la existencia sigue manteniendo esa existencia que le han concedido durante toda su existencia (valga la redundancia), por lo que ella y/o él seguirán siendo responsables durante toda su existencia. Por otra parte, aun habiendo gente que pretendiera hacer esto ¿realmente considerarías que el mundo es lo suficientemente bueno como para que “merezca la pena” traer más individuos para que lo disfruten? Vivimos rodeados de violencia, explotación, discriminación, contaminación, apatía, enfermedades, pobreza, injusticias, frustraciones… cosas que no podemos ignorar eternamente, y por tanto no podemos pretender engendrar un niño y aislarlo de la realidad durante toda su vida. Es inevitable que vaya a pasar por experiencias negativas, e incluso si la cantidad de experiencias positivas compensara para él las negativas (lo cual nunca se puede saber, pues engendrar a un individuo es jugar a la lotería con la vida de alguien) esto no sería mejor a la no existencia, pues es un error comparar la no existencia (y por tanto la NADA) con un grado de experiencias negativas-positivas 0 o neutral, básicamente porque en las no-experiencias no hay 0 que valga: no hay número alguno comparable a ningún otro.

Por humanismo: cada día mueren 40.000 niños de hambre en el mundo y malviven muchos más en la más absoluta miseria y/o trabajando sin descanso. Ellos serían niños actualmente vivos y por tanto con intereses: con interés en no sufrir y en disfrutar de su infancia. Hay gente que considera el hecho de engendrar un hijo como un acto altruista, o tachan de egoísmo el no querer hacerlo, el preferir dedicarse a uno mismo y no querer sacrificarlo por alguien a su cuidado ¿Acaso lo egoísta no es hacer nacer a alguien que nunca lo pidió para que se vea obligado a depender de ti, causar con ello un gran impacto sobre el medio ambiente y sufrimiento a los demás animales e ignorar a miles de niños existentes que necesitan verdaderamente unos padres? Altruista (aunque no creo en ese concepto) es adoptar, es dar una segunda oportunidad a un individuo para ser feliz compartiendo con él tu vida y tus recursos (Y esto vale tanto para humanos como para no humanos, pues con la cantidad de atención y recursos requeridos para cuidar correctamente de un individuo humano podrían adoptarse varios no humanos “domésticos” que necesitasen de un hogar). “Altruista” no es generar de la nada un ser con unas necesidades para luego cubrirlas, sino cubrir aquellas de los que las tienen actualmente, sin importar si han salido de tu útero, tienen tu nariz o tu cadena de ADN. Hay gente que ante esto alega que una cosa no es incompatible con la otra, pues se pueden tener hijos propios y también adoptar, pero esto no es del todo correcto: si una persona se establece un límite de hijos que quiere y puede mantener en 3, podría haber adoptado a 3 hijos en vez de adoptar a 1 y parir a 2 (o al revés). Si pueden y quieren engendrar un hijo más es que pueden mantener un hijo más, por lo que pueden adoptar un niño más. Se suele decir que la adopción es cara, pero ¿acaso no lo es un niño? ¿Cómo pretenden mantenerlo y darle una seguridad si no pueden ahorrar lo suficiente como para pagar una adopción? Si además se adopta de unos 4-5 años en vez de recién nacido incluso habría salido más barata la adopción que cuidarlo durante esos primeros años.


Por ti mismo: esto no tiene que ver con la ética y son simplemente un tipo de motivos, además de los anteriormente citados, por los que personalmente rechazo el procrear (y, por ahora, el adoptar): el enorme gasto económico que supone su manutención, la grandísima responsabilidad de su educación, la limitación de tiempo y libertad en mi vida personal, la irreversibilidad y el deterioro físico. Por supuesto, aquí serían igualmente válidas las razones egoístas para procrear: pasar por la experiencia del embarazo, el parto y la lactancia, compartir algo vivo y “propio” con tu pareja, crear a alguien que se parezca a ti y/o tu pareja, transmitir los genes o propagar una determinada etnia, tener a alguien que cuide de ti cuando envejezcas o te ayude/perpetúe un negocio familiar (es un poco aventurado dar eso por hecho, pero en fin), consolidar una relación, etc. Esto demuestra, por otra parte, que el procrear no es nunca una cuestión “altruista” sino bastante egoísta, tratando al futuro individuo como un “algo” que te procura una experiencia que quieres probar. Por lo demás, ya he expuesto todo lo que estaba en mi mano y no puedo convencer a nadie que simplemente quiere hacerlo de no tomar esa decisión, al igual que no puedo convencerlo de no comer carne, pegar a su hijo, torturar a una paloma o discriminar a inmigrantes.


Para acabar os dejo con un video muy ilustrativo: The stork is the bird of war

viernes, 15 de junio de 2012

Veganos que comen animales

Me gustaría empezar con los temas polémicos tratando uno de los que me tocan más de cerca: el veganismo.

Partimos de la base de que el veganismo es, en su puesta en práctica, un modo de vida que excluye –en la medida de nuestras posibilidades- el uso y consumo de productos compuestos con (o testados en) animales o sustancias derivadas de éstos, así como su explotación directa utilizándolos como objeto de compra-venta, medio de transporte o entretenimiento.

A mi modo de ver, teniendo en cuenta que el veganismo es una filosofía de vida, es un error aceptar dogmáticamente estas premisas sin una reflexión previa, y de ésta yo derivaría que todo lo anteriormente citado son los medios, y no el fin, para el objetivo de lo que significaría realmente el veganismo: el respeto y consideración (igualitarias) de todos los individuos con capacidad de sentir independientemente de su raza, sexo o especie*. Esto pasa evidentemente por un boicot a aquellos productos derivados de la explotación animal, pues sin demanda no hay oferta. Ahora bien, aquí es donde la gente confunde el medio (el no uso y consumo de productos de origen animal) con el fin (la liberación animal) y nos enfrascamos en la cuestión del título, para lo cual introduciría el concepto de freegan.

El “freeganismo” (unión de las palabras free –gratis- y vegan –vegano) se conoce como un estilo de vida voluntario que emplea estrategias alternativas para vivir basadas en limitar su participación en el sistema económico convencional y minimizar su consumo de recursos (utilizando el mínimo dinero posible, alimentándose de la cantidad exacerbada de comida en perfecto estado que diariamente desechan las grandes superficies, reutilizando objetos tirados que puedan serles útiles, compartiendo e intercambiando bienes mediante el trueque, etc); pero sin necesidad de convertirlo en un modo de vida, llamaría freeganismo al acto y práctica de “reciclaje” (reutilización) de objetos desechados para evitar la compra innecesaria y facilitarles una mayor vida útil (no por el puro esnobismo de introducir términos anglosajones, sino más bien por la imprecisión de la palabra “reciclaje” para referirnos a estas prácticas e intenciones), y he aquí donde lanzo la pregunta a la que quería remitirme desde un principio: ¿es vegano conservar (o “reutilizar”) una prenda o producto de cuero, lana, seda o cualquier otro material de procedencia animal? Más aún ¿es vegano comer carne, huevos o lácteos desechados por las grandes superficies? En mi opinión, rotundamente sí.

El veganismo, para mí, implica un respeto por la vida consciente-sintiente, no un respeto por la vida en sí ni mucho menos por la muerte. Al margen de todas las religiones y creencias que atribuyen al cuerpo de un sujeto una esencia-alma inmortal, toda concepción materialista estimará que tras la muerte de un ser éste desaparece como sujeto, que “su” cuerpo ya no es más una herramienta de interacción de la psique con el mundo tangible, sino una simple coraza inútil, vacía, mera materia orgánica; y ya que la consciencia y todo interés de ésta desaparecen, esa coraza inanimada no merecerá mayor consideración moral que cualquier otro objeto inerte, independientemente de que el sujeto al que antes pertenecía el pedazo de carne fuera clasificado como homo sapiens o bos taurus. Sería por tanto especista considerar inaceptable la necrofagia (o necrofilia, o desollamiento) entre humanos no asesinados para tal fin y aceptar la necrofagia con animales no humanos cuya muerte no es demandada por ti (ya haya sido explotado y asesinado por la industria como que haya muerto despeñado por un precipicio o de un paro cardiaco), pero por mi parte no condeno ninguna de las dos prácticas, como tampoco quien decida conservar unas botas de piel humana tras haber averiguado su origen o haberlo reprobado cuando antes era indiferente.

No obstante, cabe mencionar un factor importante: el respeto hacia familiares o amigos del fallecido; y es que la pena hacia la muerte de alguien no debiera ser hacia ese alguien –pues muerto ya no siente ni padece, y mucho menos se lamenta de no ser- sino hacia los vivos que sufrirán su pérdida. Sí considero por ello que se debería tener tacto ante una situación que para otros es tan difícil, pero eso se derivaría moralmente, simplemente, en no hacer nada con el cadáver que pueda ofenderlos delante de éstos, y en caso de que éstos existan –no todo el mundo tiene familia o amigos que lo vayan a echar a uno en falta. En cualquier caso, desgraciadamente, los familiares o amigos de los animales no humanos que nos encontramos en los contenedores y supermercados no van a sentirse ofendidos por lo que hagamos o dejemos de hacer con sus cuerpos, ya que nunca lo verán ni lo sabrán (y es probable que incluso pudiendo verlo/saberlo muchos no lo sintieran como nosotros, pero ese es otro añadido).

Con esto no pretendo incitar a nadie a recoger productos de origen animal de los contenedores (que aunque no "inmorales" siguen siendo poco sanos), ni mucho menos a aprovechar los restos que otros dejen individualmente (pues esto sí podría traer malentendidos y dañar el mensaje que se promueve) sino explicar por qué no condeno esta actitud ni me aferro como dogmas a ciertas ideas que no dejan de ser sólo herramientas. Por otra parte, y por último, quería señalar que un freegan que recoja y consuma puntualmente carne, lácteos o huevos, o bien conserve unas botas piel de su etapa no vegana, es responsable de menos muertes (en ese ámbito concreto) que un vegano-ofendido-por-su-falta-de-respeto-hacia-los-animales que compre todos los productos veganos que come o tire sus botas de cuero para comprarse unas sintéticas, mal que les pese a muchos; pues su producción, manipulación y transporte supone un gasto de recursos e impacto en el medio que inevitablemente se llevará a algún animal por delante.




*En realidad aquí (con la agregación de los paréntesis) estoy equiparando el veganismo al antiespecismo, y éstos a una concepción antisexista y antirracista complementaria, lo cual no es demasiado correcto. Se puede ser vegano sin ser antiespecista, es decir, sin juzgar que los intereses de los animales no humanos merezcan una consideración igual a los de los humanos, aunque tengamos a éstos primeros en suficiente consideración como para no causarles un sufrimiento innecesario con su explotación; y lo mismo en el caso del racismo, sexismo u otras discriminaciones menos cuestionadas.

lunes, 4 de junio de 2012

Homofobias

"A mi no me importa que los homosexuales coman por la mañana, pero que no lo llamen desayuno"


Estaba pensando en estos temas cuando me vino a la cabeza la idea de la homofobia. Creo que el saco de este término en el que suelen introducir a los individuos así calificados es demasiado amplio y heterogéneo como para no establecer algún tipo de diferenciación, como pasa con el concepto de racismo: algunos utilizan indistintamente el término para calificar actitudes y opiniones que pueden variar desde lo que constituiría propiamente el racismo a otras discriminaciones como la xenofobia o perspectivas parciales (a veces inocentes o inintencionadas) como el etnocentrismo.

Así, me voy a reducir únicamente a la homofobia con respecto a los hombres homosexuales, por ser la más visibilizada y sobre la que tengo más conocimiento, y trataré de hacerles justicia clasificándolos taxonómicamente como si de un estudio zoológico se tratase:


1. El antipluma: en mi opinión y experiencia (muy reducida, lo sé) este individuo es de los que más abundan. Se caracteriza por odiar no las orientaciones sexuales en sí sino las desviaciones masculinas del rol genérico hegemónico, es decir, aquel estereotipo tan extendido por los medios del “gay locaza” (un estereotipo que por otra parte es bastante distorsionado, por no variar).

Aquí nos enfrentamos a varios problemas: o bien el individuo odia el comportamiento pijo, superficial y teatral en sí (el cual también a mí me desagrada), y por tanto independientemente de si se da en hombres gays o heteros o en mujeres (que es entre las que más abunda), o bien lo odia sólo en los hombres y lo acepta o incluso le agrada en mujeres. En el primer caso el individuo no es homófobo, en el segundo, en cierto modo, sí. Aquí los límites entre homofobia y sexismo se difuminan bastante, o al menos yo consideraría una forma de sexismo, y no homofobia, el discriminar a un hombre heterosexual por comportarse de esa forma, ya que aquí el factor de la homosexualidad no se encuentra en la víctima, sino la desviación del comportamiento que se le atribuye en tanto “hombre”, análogamente a la discriminación de las mujeres que reniegan de su rol femenino y no por ello son lesbianas.

Podríamos considerar aquí un subgrupo: el espectador. Aquel que no es que le desagrade ese comportamiento en otros tíos, sino que disfruta observándolo y ridiculizándolo, convirtiendo al homosexual en una especie de payaso adorable que no supone más amenaza que la de la risa.


2. El hipocondriaco: dícese del individuo tan obsesionado por la salud (psicológica) que ve enfermedades donde no las hay, en este caso en las orientaciones sexuales ajenas. Este tipo de afirmaciones son bastante odiadas pero, no obstante, habría que distinguir aquí dos subgrupos: el hipocondriaco intolerante y el hipocondriaco tolerante.

El hipocondríaco intolerante considera la homosexualidad como una especie de enfermedad bacteriana potencialmente pandémica, algo así como que deberías llevar una mascarilla en el autobús si pasas cerca de algún invertido, por si acaso estornudase. Debido al peligro que este trastorno supone para la salud pública, el hipocondriaco intolerante se preocupa por su familia y conciudadanos exigiéndole al homosexual que acuda a un especialista para que lo cure cuanto antes, antes de que consiga propagar el virus. También está la versión cristiana de los que se preocupan por el alma del pecador y se toman muy a lo personal lo de librarte de la condena eterna.

El hipocondríaco tolerante, por su parte, simplemente opina que estás enfermo, pero lo que tú decidas hacer con tu vida, curarte o no, le da exactamente igual. A mí esta persona no me parecería una amenaza, excepto por su oposición en temas de normalización de la homosexualidad (que no fomento de) que ayudarían a reducir la homofobia, ya que supongo que no le parecerá aceptable que se trate de normalizar una “enfermedad” aduciendo que es una opción igual de respetable que “la correcta”. Por lo demás, tampoco considero que sea realmente preocupante la opinión que tenga mientras no se inmiscuya con ella en tu vida. Los psicólogos/psiquiatras ponen etiquetas a todo y casi cualquier comportamiento es tachado de trastorno: alguien podría considerar que una obsesión por, pongamos, ducharte varias veces al día, o ser extremadamente desordenado, es una especie de trastorno o enfermedad mental, pero si a ti no te supone ningún tipo de problema y mientras sus opiniones no afecten a tu libertad para hacerlo, no veo porqué gastar energías en convencerlos de lo contrario.


3. El decoroso: este individuo, que en algunos casos podría considerarse una especie de hipocondriaco por el miedo al contagio a través del contacto visual, afirma no tener problema con la orientación sexual de cada cual…siempre que se avergüencen de ellas y no las muestren en público. No hay condenación del alma (o igual sí, dependerá del caso) ni peligro social, pero lo de mostrar afecto por tu compañero se considera algo así como el cagar: o lo haces en tu casa encerrado en el baño o, si te da un apretón y no tienes servicios públicos cerca, te escondes tras un matorral sin que los viandantes te descubran.



4. El agresivo: este es el más peligroso de todos, tomándose como una gran ofensa que no coincidas en sus gustos sexuales. Quizá por fanatismo religioso o ideológico, porque ve dos cuernos sobre sus cabezas o porque no se atreve él mismo a salir del armario, adopta una actitud defensiva e identifica al otro como “la amenaza homosexual”, iniciando una persecución que puede variar desde reprobaciones o insultos desde la seguridad del anonimato hasta palizas de muerte para hacerle ver el agravio que supone su existencia y sugerirle respetuosamente que no se vuelva a repetir.


5. El receloso: he dejado para el final uno de los menos dañinos pero también el más obviado y subliminal. Muchos de ellos se consideran incluso antihomófobos, pero el inconsciente les traiciona diariamente. Sienten que, ante ellos, su virilidad corre peligro, y se ven demasiado presionados por el grupo. Pueden tener incluso amigos homosexuales a los que aprecien, pero nunca bajarán totalmente la guardia por miedo -consciente o no- a que lo identifiquen con su opción sexual: limitarán las muestras de afecto y debilidades emocionales, y considerarán y utilizarán generalmente como insultos palabras como “gay” o “maricón”, así como cualquier sugerencia o confusión sobre su sexualidad o el dimorfismo de sus gónadas (me ha pasado bastantes veces que algunos tíos se sientan ofendidos porque, intencionada o inintencionadamente, se haya referido alguien con generalización femenina a un grupo de mujeres en el que estaba incluido). La cuestión es: si tan abiertos son de mente, tan aceptable es la homosexualidad y tan defensores son de la igualdad de género… ¿a qué ese miedo? ¿Qué tiene de peligroso o insultante que te confundan con un gay o una mujer? Como ya señalé con respecto al primer grupo, esta no es sólo una cuestión de homofobia, sino que entra en juego el sexismo, el peligro inconsciente del descenso del estatus privilegiado del macho al de la hembra, y por tanto el miedo a todo lo que esté vinculada con ésta, ante lo que su condición de varón peligra.